La mujer del vestido robado se sentó en mi duelo

de sobra para probarla.

Gabriel cambió de estrategia.

—Tomás, hablemos como adultos. Seguramente esto se puede revisar con calma, sin montar un espectáculo en el funeral.

Mi tía Julia soltó una risa seca.

—El espectáculo lo trajiste tú de la mano y vestido con la ropa de Elena.

Fue entonces cuando yo por fin encontré voz.

—¿Mi vestido también forma parte de este “malentendido”? —pregunté.

Nadie respondió.

Miré directamente a Renata.

—Ese vestido desapareció de mi casa. ¿Cómo llegó a tus manos?

Ella elevó el mentón, aferrándose a los últimos restos de su arrogancia.

—Gabriel me dijo que ya no lo querías.

—Eso no respondía la pregunta —dije.

Gabriel intervino, nervioso.

—No estamos aquí para hablar de ropa.

—No —contestó Tomás—. Estamos aquí para hablar de robo, fraude y abuso de confianza. Aunque el vestido ayuda a ilustrar un patrón.

Mi padre, pensé, incluso muerto seguía entendiendo el valor de los símbolos.

Tomás continuó con la lectura. Mi padre dejaba a mi madre la residencia principal y una renta vitalicia. A Mateo, la supervisión de los proyectos sociales de la fundación familiar, porque era el único con paciencia para ese trabajo. A mí, las acciones de control de la empresa matriz y la administración del fideicomiso que hasta entonces todos suponíamos repartido entre varios directivos de confianza, incluido Gabriel.

Pero Gabriel no estaba.

Mi padre lo había eliminado por completo de cualquier línea de decisión, de cualquier posibilidad de heredar influencia, de cualquier acceso futuro a su estructura financiera.

Además, dejó preparada una denuncia penal que se presentaría automáticamente si Gabriel intentaba impugnar el testamento o destruir evidencia.

Fue una ejecución jurídica perfecta.

Mateo, incapaz de contenerse, soltó:

—Ni muerto dejaste de ser un genio, viejo.

Yo seguía mirando a Gabriel.

Quería entender en qué momento el hombre con el que me casé se había convertido en esta criatura opaca, tan ocupada en su ambición que ya ni siquiera distinguía entre el deseo y la rapiña.

Él dio un paso hacia mí.

—Elena, yo te juro que esto no es como parece.

Aquella frase, tan gastada, tuvo un efecto inesperado. No me hirió. Me cansó.

—¿Qué parte exactamente no parece lo que es? —pregunté—. ¿La amante sentada en la primera fila? ¿El vestido que salió de mi clóset? ¿El dinero? ¿Las grabaciones?

Se llevó una mano al cabello, desesperado.

—Todo se salió de control.

Renata volvió la cara hacia él con algo cercano al desprecio.

Y entendí que el equilibrio entre ellos también estaba a punto de romperse.

—No —dije despacio—. La que va a hablar ahora es ella.

Renata se rio sin alegría.

—¿Y por qué tendría que hacerlo?

Mi tía Julia respondió por mí.

—Porque si no, llamo a seguridad, te quitas ese vestido aquí mismo y sales de esta basílica envuelta en una manta térmica como una delincuente de tienda departamental.

Fue brutal. Eficaz. Maravilloso.

Renata clavó los ojos en Gabriel, esperando apoyo.

Él no la sostuvo.

—Haz lo que te dicen —murmuró.

En ese segundo supe que no había amor entre ellos. Había alianza, deseo, codicia compartida y el vértigo infantil de sentirse superiores. Pero no amor.

Renata lo comprendió también.

Y algo se quebró.

—¿Así que ahora me sueltas sola? —preguntó.

Gabriel apretó los dientes.

—No empeores esto.

Ella soltó una risa breve, áspera.

—¿Peor?

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