sentirla.
Yo me senté dos filas atrás, entre mi hermano Mateo y mi madre, Clara, que desde la muerte de mi padre parecía haberse vuelto de vidrio. Le tomé la mano y traté de concentrarme en la misa. En la voz del padre Ignacio. En las lecturas. En el retrato de mi padre junto al altar. En cualquier cosa.
Pero una y otra vez la vista se me iba a la nuca de Renata, al brillo discreto del vestido, a la mano de Gabriel apoyada en el banco, demasiado cerca de la suya.
Y con cada mirada, antiguos detalles regresaban con una claridad ofensiva.
Los mensajes que Gabriel borraba demasiado rápido cuando yo entraba a la habitación.
Los viajes “urgentes” de fin de semana.
El cambio repentino de contraseña en su teléfono.
Su costumbre nueva de ducharse apenas llegaba a casa, como si quisiera deshacerse de olores que no me pertenecían.
Un par de recibos de hotel que encontré en una americana y que él explicó con una torpeza que entonces decidí creer porque la alternativa era insoportable.
Y sobre todo, una llamada que yo había hecho a mi padre apenas un día antes de su muerte.
Esa llamada volvió a mí durante la homilía como un golpe bajo las costillas.
Yo estaba en el estacionamiento de un supermercado cuando marqué. Había descubierto un cargo extraño en una tarjeta compartida y, al confrontar a Gabriel, él me hizo dudar de mi propia lectura. Me dijo que estaba paranoica, que la muerte cercana de mi padre me tenía alterada, que yo veía amenazas donde no existían.
Lloré de rabia en el auto. Luego llamé a mi padre.
—No sé qué me está pasando —le dije—. Siento que algo está mal, pero no puedo probarlo.
Él guardó silencio un momento y después preguntó con esa serenidad suya que siempre me obligaba a ordenar las ideas:
—¿Estás lista para saber la verdad si resulta peor de lo que imaginas?
Yo no supe qué contestar.
—Mañana te veo —dijo al fin—. No tomes ninguna decisión esta noche.
Murió al amanecer por un infarto fulminante en su despacho, antes de que pudiéramos hablar otra vez.
Hasta el funeral, yo había creído que esa conversación era otra herida sin cierre.
No sabía que mi padre había dejado cerrada una puerta que solo faltaba abrir.
La misa terminó en medio de abrazos y murmullos. La gente comenzó a salir hacia el salón contiguo donde se ofrecería café antes de ir al cementerio. Yo estaba todavía recuperando el aire cuando Renata se acercó.
No vino sola. Gabriel caminó detrás de ella, pálido, pero sin detenerla.
Renata me miró con esa compasión falsa que algunas personas dominan como si fuera un idioma nativo.
—Sé que hoy estás sensible, Elena —dijo—, pero de verdad no quiero problemas. Más tarde podremos hablar como adultas.
No respondí. Si abría la boca, temía decir algo que hiciera desmoronarse a mi madre.
Ella dio un paso más, bajó la voz y soltó la frase que todavía hoy soy capaz de escuchar con una nitidez casi física.
—Tarde o temprano las cosas encuentran su lugar. Yo ya me siento parte de esta familia.
Mateo avanzó como un resorte.
—Te juro que si dices una palabra más…
Pero una voz masculina lo interrumpió.
—Por indicación expresa