la tableta de asistencia como quien empuja un florero innecesario.
Acomodó el bípode.
No miró enseguida por la óptica.
Primero escuchó el motor del riel.
Después el zumbido de la torreta.
Luego apoyó dos dedos sobre la culata y empezó a marcar un compás mínimo.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Arturo Salas se puso blanco.
—Dios mío —susurró—.
Es ella.
Sofía lo oyó.
—¿Quién?
Salas no respondió.
Tenía los ojos clavados en la mano izquierda de Linh, en ese golpecito preciso contra la madera, como si hubiera visto ese gesto antes en otro país, otra década y otro tipo de oscuridad.
El blanco arrancó.
El viento cruzó de derecha a izquierda.
La imagen tembló sobre la arena.
Varios hombres contuvieron el aliento con una secreta esperanza: verla fallar les devolvería el orden del mundo.
Linh exhaló despacio.
—Miren bien, muchachos —dijo.
Disparó.
El impacto sonó en el centro exacto del acero.
No fue un toque de suerte en el borde.
No fue un rebote generoso.
Fue un golpe limpio, irrefutable, casi insultante en su precisión.
El marcador electrónico parpadeó y mostró una puntuación perfecta.
Nadie aplaudió.
El silencio era demasiado grande para eso.
Mason se quedó quieto, la boca apenas abierta.
Dos contratistas bajaron el teléfono.
Sofía dio un paso adelante y luego otro, incapaz de decidir si quería reír o llorar.
Y Linh, en lugar de levantarse para recibir la atención, siguió inmóvil detrás del visor un segundo más, mirando no el blanco perforado sino la cabina de control.
—No reinicien nada —dijo.
Sofía se volvió a la pantalla de telemetría y sintió un frío rápido en la nuca.
Una línea de predicción acababa de moverse sola, como si alguien hubiera intentado corregirla demasiado tarde.
—Eso no estaba así —murmuró.
Linh se puso de pie y dejó el rifle con suavidad sobre la mesa.
—Fallaron por dos cosas —dijo—.
La primera fue el orgullo.
La segunda fue una mentira en el sistema.
Las palabras cayeron peor que una ofensa.
Mason recuperó la voz primero.
—¿Está diciendo que el equipo está defectuoso?
—No —respondió Linh, mirando a la cabina—.
Estoy diciendo que alguien quería que pareciera defectuoso.
Arturo Salas bajó de la plataforma con un apuro que no tenía nada de ceremonial.
—Aíslan red y consola —ordenó—.
Nadie toca esa cabina.
Detrás del vidrio, Daniel Crowe, director de operaciones del programa, levantó la cabeza.
Su cara apareció un segundo, tensa, sudorosa, y luego desapareció de la vista como si se hubiera agachado sobre el teclado.
—Eso es absurdo —dijo uno de los técnicos—.
La calibración está sellada.
—El blanco cambió de cadencia cada quinta pasada —replicó Linh—.
No por el viento.
No por el motor.
A mano.
La ayuda visual llegaba tarde por una fracción constante.
Lo suficiente para arruinar el disparo de cualquiera que confiara en ella.
Crowe gritó desde dentro que necesitaba reiniciar el sistema por seguridad.
Linh le respondió que si lo hacía, borraría la huella.
Sofía, ya de rodillas junto al puerto de servicio exterior, conectó una terminal espejo.
Sus dedos temblaban, pero no se detuvieron.
En la pantalla comenzaron a correr líneas de diagnóstico.
—Hay un módulo de suavizado que no pertenece a la versión certificada —dijo al cabo de unos segundos—.
Lo insertaron encima del cálculo de adelanto.
Mason dejó escapar una maldición.
—¿Cómo supo