zumbido del actuador lateral, la demora mínima entre el movimiento real y la línea proyectada en la pantalla de seguimiento.
Cada vez que alguien fallaba, Linh anotaba una marca en el margen de su cuaderno, como si el error no estuviera en la puntería sino en una música desafinada que los demás no alcanzaban a oír.
El cuarto en fallar fue Mason Reed.
Mason era un nombre conocido en los circuitos de instrucción.
Cuarenta y tantos años, hombros grandes, un historial impecable y la clase de seguridad que se vuelve peligrosa cuando nadie la ha contradicho en mucho tiempo.
Era bueno, sin duda.
Precisamente por eso sus errores resultaban más insoportables para él.
Después de su segundo disparo fallido, regresó a la mesa con la cara dura y el apoyo de mejilla en la mano.
Lo dejó caer junto a Linh y dijo, con el tono exacto para que medio campo lo oyera:
—Tal vez la señora de los apuntes quiera intentarlo.
Varias risas saltaron al instante.
—Que nos dé una clase de museo —agregó uno de los contratistas.
—O que nos explique cómo se hacía antes de los satélites —dijo otro.
Linh no respondió.
Terminó de escribir una cifra en la libreta de Sofía y alineó el bolígrafo con el borde de la mesa.
Esa tranquilidad, que en otra persona habría parecido timidez, en ella se veía como algo peor para Mason: despreocupación.
Él se inclinó sobre la mesa.
—¿Y bien? —preguntó—.
¿También nos va a contar cómo se derribaban bombarderos en su época?
Linh levantó la vista.
Sus ojos no tenían rabia, ni ofensa, ni deseo de agradar.
Tenían memoria.
—No se equivoque conmigo —dijo—.
Usted no tiene idea de cuántos B-52 aprendí a bajar antes de cumplir veinte años.
La risa que siguió ya no fue uniforme.
Algunos se burlaron más fuerte, por reflejo.
Otros callaron, desconcertados.
En la plataforma de observación, el coronel retirado Arturo Salas dejó de mirar la pantalla balística y la miró a ella con atención súbita, como si acabara de escuchar una contraseña olvidada.
Linh volvió a bajar la vista.
El controlador del campo anunció entonces la última ronda.
Un solo disparo.
Blanco lateral a velocidad máxima.
Sin corrección del observador.
Puntuación pública.
Era la clase de cierre diseñada para impresionar a clientes.
Ese día se sentía más bien como un paredón.
Sofía se acercó a Linh.
—No le haga caso —le dijo en voz baja.
Pero Linh no estaba atendiendo a Mason.
Observaba la cabina de control.
Luego el riel.
Luego la torreta de seguimiento.
Después el carril entero, como si los objetos estuvieran hablándose entre sí y ella quisiera descubrir cuál mentía.
—Todos le están disparando al metal —murmuró—.
Yo quiero ver la costumbre.
Antes de que Sofía preguntara qué significaba eso, Linh tomó el rifle que Mason había dejado, revisó el cerrojo y caminó hacia la línea de tiro.
No pidió permiso.
Lo extraño fue que nadie se lo exigió.
El murmullo cambió de calidad.
La burla perdió aire.
La curiosidad, en cambio, se hizo pesada.
Algunos levantaron el teléfono para grabar.
Mason sonrió todavía, pero ahora su sonrisa parecía más una trinchera que una victoria.
Linh se tendió en la tierra con una economía de movimiento que no tenía nada de teatral.
Ajustó la culata un clic.
Apartó