descubrir que una broma podía costar dinero real.
—¿Qué hiciste? —preguntó Bruno.
Valeria metió el teléfono en el bolso.
—Caminar.
—Mi tarjeta no pasa.
—Qué problema.
—No te hagas la lista conmigo.
Él avanzó.
Ella no retrocedió.
Ese simple hecho pareció enfurecerlo más.
—La cena está a tu nombre —dijo él—.
Vas a entrar y vas a pagar.
—No.
Bruno parpadeó.
Era una palabra pequeña.
Valeria la había dicho muchas veces en su vida, pero casi nunca a él.
Con Bruno, los no se convertían en negociaciones, las negociaciones en culpa, la culpa en pago.
—¿Cómo que no?
—No voy a pagar una cena a la que llegaste tarde, borracho, con otra mujer y usando mi anillo como accesorio.
Camila apareció en la puerta.
Ya no llevaba la misma expresión burlona.
Tenía el anillo en la palma abierta.
—Bruno, quiero que me expliques esto ahora.
—No aquí —dijo él.
—Aquí empezaste.
Valeria reconoció en esa frase una dignidad que dolía.
Camila no era su enemiga, al menos no del modo sencillo en que a Valeria le habría convenido.
También estaba siendo usada, quizá de otra manera, quizá con otra historia.
Bruno pasó una mano por su cabello.
—Camila, Valeria paga algunas cosas del negocio porque así nos organizamos.
Es mi pareja.
Era mi pareja.
Bueno, depende de cómo se comporte hoy.
Valeria soltó una risa sin alegría.
—No soy una empleada en periodo de prueba.
—No, eres peor —dijo él, perdiendo el filtro—.
Eres alguien que da y luego se cree dueña de uno.
—No quiero ser dueña de ti.
Quiero que dejes de usar lo mío.
El mesero tosió con discreción.
—Señor, necesitamos resolver la cuenta.
Son consumos ya solicitados y descorche de botella.
Bruno giró hacia él.
—Pues espere.
—La cuenta está a nombre de la reserva de la señorita, pero ella no autorizó los pedidos posteriores.
Valeria miró al mesero, sorprendida.
Él mantuvo la vista seria.
—Gracias —dijo ella en voz baja.
Bruno lo escuchó.
—Ah, perfecto.
Ahora todos son héroes.
Entonces llegó el taxi de la madre de Valeria.
Doña Elena bajó con una chaqueta encima de la ropa de dormir y sandalias mal puestas.
Tenía sesenta y dos años, rodillas cansadas y una forma de mirar que no necesitaba levantar la voz.
Inés bajó del otro lado con el teléfono en la mano.
—Estoy grabando —anunció Inés antes de acercarse.
Bruno cambió el rostro de inmediato.
Valeria vio aparecer al Bruno educado, el de las comidas familiares, el que servía agua a las tías y hablaba de proyectos.
—Doña Elena —dijo—.
Qué pena que Valeria las haya llamado para esto.
Tuvimos una discusión de pareja y ella está exagerando.
Elena no miró a Bruno.
Miró a su hija.
—¿Te tocó?
Valeria recordó los dedos en su mentón.
No había marca, pero sí verdad.
—Me agarró la cara en la mesa.
La mirada de Elena pasó a Bruno.
—No vuelvas a ponerle una mano encima.
—Por favor, fue una broma.
—Las bromas no hacen que una mujer llame a su madre desde una vereda con esa cara.
Bruno apretó los puños, pero Inés levantó un poco más el celular.
—Hazlo —dijo ella—.
Da otro paso.
El aire se tensó.
Camila bajó los escalones lentamente.
Tenía el anillo cerrado dentro del puño.
—Me dijiste que tu prometida