no llegó.
A las ocho, Valeria le escribió: “Estoy en la mesa”.
A las ocho y diez: “¿Todo bien?”.
A las ocho y veinte, él respondió: “Mi mamá tuvo algo.
No hagas drama.
Llego cuando pueda”.
Valeria miró el mensaje hasta que las letras se mezclaron.
No hagas drama.
Esa frase era una puerta que Bruno cerraba desde adentro.
Cada vez que ella preguntaba demasiado, pedía cuentas, reclamaba respeto o decía que estaba cansada, él la empujaba a la misma esquina.
No hagas drama.
Eres intensa.
Nadie te aguanta como yo.
Deberías agradecer que sigo aquí.
A las nueve menos cuarto, el mesero se acercó con una expresión amable que ya no conseguía esconder incomodidad.
—Señorita, ¿desea que mantengamos la cocina abierta un poco más?
Valeria cerró los dedos sobre el sobre crema que tenía en el bolso.
—Sí, por favor.
Él ya viene.
El mesero asintió, pero sus ojos fueron un segundo hacia la silla vacía.
Ese segundo bastó para que Valeria sintiera vergüenza.
No de Bruno.
Todavía no.
De sí misma.
De estar allí, arreglada, esperando, intentando que una mesa para dos no pareciera una mesa para una mujer abandonada.
Entonces oyó las risas.
Primero llegaron como un ruido confuso desde la entrada.
Después subieron por la escalera del restaurante, más fuertes, más pesadas, mezcladas con pasos torpes y voces de hombres que hablaban encima de otros.
Varias personas voltearon.
Un matrimonio mayor dejó los cubiertos suspendidos en el aire.
Bruno apareció en el arco de la terraza.
Llevaba la camisa blanca abierta del cuello, el cabello despeinado con intención y ese gesto de dueño que adoptaba cuando tenía público.
Detrás venían tres amigos: Tomás, el que siempre pedía prestado; Julián, el que se reía antes de entender los chistes; y Mauro, un hombre ancho que Valeria apenas conocía.
Con ellos estaba la mujer pelirroja.
Tenía unos treinta y pocos años, un vestido negro, labios rojos y una seguridad cómoda.
No miraba alrededor con vergüenza.
Miraba como quien espera ser admirada.
Hasta que Valeria vio el anillo.
Era un aro delicado, de oro amarillo, con una piedra ovalada.
Valeria lo conocía mejor que a algunas cicatrices de su propia piel.
Lo había elegido sola un martes por la tarde, en una joyería del centro, mientras Bruno esperaba afuera fumando porque decía que le deprimía entrar sin dinero.
Lo compró ella.
Lo guardó ella.
Lo recibió de él dos semanas después, en la sala del departamento, cuando Bruno se arrodilló con los ojos húmedos y dijo que algún día compensaría cada sacrificio.
La mujer lo llevaba en el dedo anular.
Bruno encontró la mirada de Valeria y sonrió.
No fue una sonrisa nerviosa.
No fue la expresión de alguien sorprendido por haber sido descubierto.
Fue una sonrisa de triunfo, como si la escena entera estuviera preparada para mostrar quién mandaba.
—¿Ven? —dijo en voz alta, señalándola—.
Se los dije.
Ahí sigue.
Mi plantita triste, esperando que la rieguen.
Las carcajadas de sus amigos se abrieron sobre la terraza.
Valeria sintió que el aire se estrechaba.
Una pareja joven, sentada junto al barandal, dejó de hablar.
El mesero se quedó quieto con una bandeja en las manos.
Bruno caminó hacia ella, arrastrando la silla de otra mesa con la cadera.
—No pongas esa cara, Vale —dijo, inclinándose sobre ella—.
Hoy