Las primeras páginas tenían una letra firme. Las últimas parecían escritas contra el cansancio.
Ramiro trajo documentos. Dice que es para agilizar.
No firmé la segunda hoja. Revisar.
Lucía sintió un golpe seco en el pecho.
Pasó la página.
Ramiro insiste en no preocupar a Lucía. No me gusta.
Pasó otra.
No alcancé a leer todo. Preguntar a Lucía.
La habitación se inclinó un poco.
Lucía tuvo que sentarse en la silla de su padre. Miró las palabras hasta que dejaron de ser tinta y se volvieron voz. La voz ronca de Ernesto, su manera de decir mija cuando quería ser serio y dulce a la vez.
Al final de la libreta, en una página casi vacía, había una frase escrita con presión desigual.
Mija, tú sabes encontrar lo que otros esconden.
Lucía cerró los ojos.
No lloró entonces. No por dureza. Porque el dolor acababa de darle espacio a algo más frío, más limpio, más útil.
Certeza.
Al día siguiente buscó a Renata Moya, una abogada recomendada por una antigua colega. La oficina de Renata estaba en un edificio sobrio del centro, sin adornos innecesarios. La recibió una mujer de cabello canoso recogido, blusa negra y una voz tan tranquila que obligaba a escuchar.
Lucía puso las carpetas sobre la mesa.
—No sé si estoy exagerando.
Renata no respondió de inmediato. Revisó documentos durante casi una hora. Hizo pocas preguntas, todas precisas. ¿Quién tenía acceso a las cuentas? ¿Cuándo empezó Ramiro a ser contacto autorizado? ¿Hay correos? ¿Su padre firmaba solo? ¿Alguien más estuvo presente? ¿Cuándo murió? ¿Cuándo pidió su esposo administrar sus bienes?
Al llegar a la última pregunta, Lucía levantó la vista.
—¿Cómo sabe eso?
Renata le mostró una copia de la petición que Ramiro había presentado dos días antes.
Lucía sintió que el piso se alejaba.
—Quiere que un juez le dé control temporal sobre mis cuentas.
—Sí.
—Dice que estoy incapacitada.
—Dice que está emocionalmente disminuida.
Lucía soltó una risa breve, sin alegría.
—Porque mi papá murió.
Renata cerró la carpeta.
—No lo enfrente todavía.
—¿Por qué?
—Porque si él está haciendo lo que parece, no solo está moviendo dinero. Está preparando una historia. Y los hombres que preparan historias se desesperan cuando los hechos llegan antes que ellos.
Lucía salió de esa oficina con miedo, pero también con instrucciones.
Solicitaron copias. Pidieron aclaraciones. Enviaron oficios. Contactaron instituciones financieras. Revisaron firmas. Buscaron la empresa Consultoría Landa Norte.
Mientras tanto, en casa, Ramiro cambió.
No de forma visible para cualquiera. Pero Lucía ya no miraba como esposa. Miraba como auditora.
Notó que él llevaba el teléfono al baño. Que revisaba la correspondencia antes que ella. Que hablaba en voz baja en el patio. Que su sonrisa aparecía medio segundo tarde cuando ella preguntaba algo simple.
—¿Dormiste bien? —le preguntaba él por las mañanas.
—Sí.
—Te veo cansada.
—Estoy bien.
—No tienes que hacerte la fuerte conmigo.
Lucía lo miraba y pensaba: no estoy haciéndome la fuerte. Estoy evitando darte material.
Una noche de jueves, Ramiro entró a la cocina con el teléfono en la mano. Había preparado su cara de normalidad, pero tenía la mandíbula apretada.
—El banco está preguntando por unos movimientos de tu papá —dijo.
Lucía estaba lavando una taza. Cerró la llave.
—¿Cuáles?
—No sé. Trámites normales.
—¿Te llamaron a ti?
—Sí. Como