en mucho tiempo, la estaban devolviendo a la suya.
El teléfono vibró.
Era un mensaje de Ramiro.
Tenemos que hablar. Nadie te va a querer creer para siempre.
Lucía leyó la frase una vez.
Luego la borró.
No necesitaba contestar.
Ya no estaba tratando de convencerlo de quién era.
Caminó hasta la ventana. La calle estaba mojada por una llovizna suave. En el vidrio se reflejó su rostro: más cansado, sí. Más viejo, tal vez. Pero también más claro.
Pensó en la sala del juzgado, en la frase que Ramiro había lanzado como sentencia. Una ama de casa sin criterio. Pensó en todas las mujeres reducidas a lo que otros se acostumbraron a recibir de ellas. Pensó en su padre escribiendo con la mano débil: tú sabes encontrar lo que otros esconden.
Entonces apagó la luz de la cocina.
Subió las escaleras sin prisa.
Y por primera vez desde la muerte de Ernesto, durmió sin dejar una lámpara encendida.