oficial de la casa.
Renata escuchó todo con una rigidez glacial. Solo habló al final.
—Se van a arrepentir de creerle a un hombre desesperado y a una niña confundida.
Lía, que estaba en el despacho contiguo con Mercedes recién llegada y una trabajadora social, oyó esa frase a través de la puerta entreabierta. Bajó la cabeza de inmediato, como si la culpa todavía pudiera caer sobre ella.
Matías entró y se arrodilló frente a su silla.
—Mírame.
Lía no quiso al principio.
—Yo hice algo malo —dijo en un hilo de voz—. Escuché detrás de la puerta.
—No. Tú hiciste lo correcto.
—Pero te llamé llorando.
—Gracias a que me llamaste estás aquí conmigo.
Por fin Lía lo miró. Tenía los ojos hinchados, el cabello deshecho, la marca de la costura del conejo apretada en un brazo.
—Pensé que no ibas a llegar.
Matías apoyó la frente contra la de ella.
—Yo también pensé eso cuando estaba en el avión —admitió—. Y no voy a perdonarme haber tardado tanto en entender lo que estaba pasando.
Mercedes se dio vuelta discretamente para secarse una lágrima.
Las semanas siguientes fueron una tormenta distinta.
Hubo titulares, audiencias, filtraciones, especulaciones. La caída pública de Renata fue ruidosa porque había construido su imagen precisamente sobre la impecabilidad. Sus fundaciones quedaron bajo revisión. Los correos del sobre Madrid demostraron coordinación deliberada para fabricar una denuncia y obstaculizar la administración de Norwave. Iván aceptó colaborar a cambio de una reducción de cargos. El doctor que firmó el informe sobre Lía quedó suspendido mientras se investigaba el origen del pago que había recibido.
El expediente internacional contra Matías no desapareció de un día para otro, pero cambió de forma radical. Lo que antes parecía una compleja red de sospechas empezó a revelar manipulaciones externas y documentación sembrada. Sus abogados, por primera vez en meses, hablaron de limpiar completamente su nombre.
Nada de eso resolvía lo más importante.
Lía no volvió a dormir sola durante mucho tiempo.
Los primeros días después del regreso de Matías se despertaba varias veces por noche para comprobar que él seguía en la casa. Caminaba hasta la puerta de su dormitorio, se quedaba allí en silencio y solo cuando él abría los ojos y le decía que pasara, volvía a respirar con normalidad.
Matías canceló reuniones, aplazó viajes y trasladó la mayoría de las gestiones a Miami. Derribó, literalmente, la rutina que había permitido el abuso. Pidió que el cuarto de Lía volviera al ala central, frente al patio donde se oían las fuentes. Recuperó las cajas con sus juguetes. Descubrió cuántas cosas habían sido guardadas, escondidas o eliminadas. El piano volvió a quedar descubierto. Mercedes regresó a la casa con un contrato nuevo y una condición única: si alguna vez vuelve a ver algo extraño, hablará aunque el mundo se moleste.
Una tarde, revisando el estudio, Matías encontró el rompecabezas de madera que le había llevado a Lía el día que la conoció. Faltaba una pieza.
La buscó por todas partes hasta que la vio sobre el alféizar de la ventana del cuarto de la niña, al lado de una piedra lisa y un dibujo torcido de una casa con dos personas y un conejo gris.
—¿Por qué la tenías aquí? —preguntó.
Lía se encogió de hombros.
—Porque pensé que si alguna