La encerraron embarazada por su tarjeta, pero el dinero ocultaba algo peor

el derecho a pertenecer.

Besé la frente de mi hija.

—Nunca voy a enseñarte que el amor exige miedo —le prometí.

Lucía siguió durmiendo entre mis brazos.

Por primera vez, el silencio de mi casa no se parecía a la soledad.

Se parecía a la libertad.

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