Firmó el divorcio y él brindó… hasta que sonó su teléfono

El corcho de la botella salió disparado antes de que Marina Salcedo terminara de bajar el último escalón de la notaría.

A su lado, Alma apretó su mano con tanta fuerza que las uñas de la niña se hundieron en su piel. Tenía ocho años, una sudadera amarilla demasiado gruesa para el calor de Mérida y una mochila donde apenas cabían sus medicamentos para el asma, un libro de cuentos y un conejo de tela con una oreja descosida.

Cinco minutos antes, Marina había firmado el final de once años de matrimonio.

Ahora, frente a la camioneta negra estacionada junto a la entrada, Julián Ferrer celebraba.

Renata, la mujer que durante meses había sido solamente una compañera de trabajo, lo rodeaba por la cintura. Beatriz, la madre de Julián, repartía copas de plástico. Dos primos reían mientras uno de ellos anunciaba que por fin comenzaba la verdadera vida de Julián.

Marina llevaba una sola maleta azul al hombro.

Dentro había ropa para tres días, los documentos que logró rescatar y una fotografía de su padre. Todo lo demás permanecía en la casa que acababa de perder.

—¿Vamos a casa? —preguntó Alma.

Marina miró el automóvil prestado que las esperaba al final del estacionamiento.

—Vamos a un lugar tranquilo.

No quiso mentirle llamándolo hogar.

Julián alzó su copa hacia ella. Su expresión no mostraba culpa ni vergüenza. Parecía un hombre que acababa de cerrar un negocio favorable.

Marina se dio la vuelta.

Entonces sonó el teléfono de Julián.

—Dime, Mauricio —contestó entre risas—. Ya terminó todo.

La sonrisa se le borró.

Dejó la copa sobre el techo de la camioneta y se tapó un oído para escuchar mejor. Renata retiró el brazo de su cintura. Beatriz siguió observándolo, todavía con una botella en la mano.

—¿Cómo que bloquearon las cuentas? —preguntó Julián—. ¿Quién dio esa orden?

Nadie volvió a reír.

Marina continuó caminando, aunque cada palabra llegaba con claridad hasta ella.

—No puede haber una auditoría hoy. Los contratos están firmados… ¿Qué encontraron?

Hubo una pausa.

Julián levantó la cabeza y miró directamente la maleta azul de Marina.

—¿Qué cuaderno azul?

Marina sintió que el corazón le golpeaba las costillas, pero no se detuvo hasta escuchar los pasos de su exmarido detrás de ella.

—Marina.

Alma se escondió parcialmente tras su cuerpo.

—Detente —ordenó Julián.

Ella se giró con calma.

—No vuelvas a hablarme como si todavía pudiera obedecerte.

—Alguien entregó información privada de la empresa.

—Entonces habla con las personas que todavía trabajan allí.

—Tú llevabas las cuentas.

—Hace cuatro meses que no puedo entrar al sistema. Tú mismo cambiaste mis contraseñas.

Renata y Beatriz se acercaron. La amante estaba pálida. La madre mantenía la barbilla en alto, pero sus dedos apretaban el cuello de la botella.

Julián señaló la maleta.

—Ábrela.

—No.

—Ese cuaderno pertenece a mi empresa.

Marina soltó una risa breve, sin alegría.

—Durante diez años todo lo que hice fue tuyo. Mis horarios, mis ideas, mis contactos y hasta mis noches sin dormir. La maleta no.

La historia de Ferrer Transporte Frío había comenzado mucho antes de que aparecieran los anuncios luminosos, las oficinas de cristal y los contratos con hospitales privados.

Cuando Marina conoció a Julián, la empresa tenía cuatro camiones. Dos sufrían averías cada semana y otro llevaba meses detenido por falta de repuestos.

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