bata de seda verde le caía perfecta.
El cabello estaba suelto, sin una hebra fuera de lugar.
Llevaba el rostro pálido, pero no descompuesto.
En su mano derecha, casi escondida contra la tela, brilló una llave pequeña.
Tomás también la vio.
Por primera vez desde que Alma lo conocía, el dueño de la casa no parecía furioso.
Parecía herido.
—Beatriz —dijo—, abre la mano.
Ella parpadeó.
—¿Qué?
—Abre la mano.
Los escoltas dejaron de mirar a Lázaro y dirigieron los ojos hacia ella.
Beatriz soltó una risa breve, ofendida.
—Acaba de explotar tu coche y estás jugando al interrogatorio conmigo.
—La mano.
Beatriz lo miró con algo que Alma reconoció demasiado bien: la rabia de quien está acostumbrado a mandar desde la sombra y de pronto es visto.
—No me hables como a tus empleados.
Tomás dio un paso hacia ella.
—Entonces no te comportes como alguien que necesita esconder una llave.
Beatriz abrió la mano despacio.
La llave cayó sobre el mármol con un sonido pequeño, brillante, definitivo.
Alma sintió un escalofrío.
—Es la del estudio —dijo ella antes de poder detenerse.
Beatriz clavó los ojos en ella.
—Tú cállate.
No fue un grito.
Fue una orden vieja, acostumbrada.
Una frase dicha por alguien que llevaba años convencida de que Alma no existía salvo para obedecer.
Pero Tomás no miró a Beatriz.
Miró a Alma.
—¿Estás segura?
—Sí, señor.
La señora Beatriz la usa cuando saca los álbumes de su madre.
La llave tiene una muesca en la punta.
Se atoró una vez y yo tuve que traer aceite.
La muesca estaba ahí.
Todos pudieron verla.
Beatriz perdió un poco de color.
—Esto es ridículo.
—Vamos al estudio —dijo Tomás.
El camino hasta el estudio pareció más largo que nunca.
Pasaron junto al espejo roto, junto a los pedazos de cristal, junto a una mesa donde las flores blancas estaban cubiertas de polvo gris.
Alma caminó detrás de Tomás, consciente de que Beatriz la miraba como si acabara de encontrar una cucaracha dentro de una copa de champaña.
El estudio olía a cuero, tinta y humo que se colaba desde afuera.
El escritorio de nogal estaba cerrado, pero no del todo.
El cajón inferior había quedado apenas mal encajado, como si alguien lo hubiera cerrado con prisa.
Tomás no tocó nada al principio.
Miró a Beatriz.
—Ábrelo.
—No tengo por qué prestarme a esta humillación.
—Entonces lo abro yo y después no podrás decir que fue un malentendido.
Beatriz apretó los labios.
Usó la llave.
El cajón cedió.
Dentro había un sobre manila grueso, un teléfono barato todavía con plástico en la pantalla y una credencial falsa con la foto de Alma.
La cocina entera pareció quedarse sin aire aunque nadie de la cocina estuviera allí.
Tomás tomó la credencial entre dos dedos.
La foto era real.
Alma la reconoció: se la habían tomado meses antes para renovar el archivo del personal.
Pero el nombre de la empresa, el número y la dirección no eran suyos.
El sobre contenía fajos de billetes y una hoja impresa con rutas, horarios y nombres de escoltas.
Alma se llevó una mano al pecho.
—Yo no…
—Lo sé —dijo Tomás.
La respuesta fue inmediata.
Sin duda.
Alma lo miró, sorprendida por lo mucho que esas dos palabras le movieron por dentro.
En esa