la entrada y la lluvia empezaba a apagar las llamas del Mercedes.
En el jardín, las bugambilias ardían por partes, pequeñas flores encendidas que se pegaban al suelo mojado.
Tomás soltó a Alma solo cuando comprobó que podía mantenerse en pie.
—Nadie sale solo —ordenó.
Su voz no temblaba.
Pero Alma, que ya había aprendido a leer lo que otros escondían, vio algo en su rostro: no miedo, sino una herida más profunda.
Lázaro no era un desconocido.
Era alguien que había llevado a su sobrina al colegio, que había esperado fuera del hospital cuando murió su esposa, que conocía las rutas y las manías de la casa.
Una traición así no mataba solo un cuerpo.
Mataba una parte del pasado.
Desde afuera llegó un quejido.
Lázaro estaba vivo.
Había caído junto al camino de piedra, con la chaqueta chamuscada y la ceja abierta.
Dos escoltas lo rodearon apuntándole.
El chofer levantó las manos, llorando sin ruido.
—No disparen —dijo Tomás—.
Lo quiero hablando.
Cruzó el umbral destrozado.
Alma lo siguió sin que nadie se lo pidiera.
No sabía por qué.
Tal vez porque su nombre acababa de aparecer en una muerte que no era suya.
Tal vez porque había visto a Beatriz apretar aquella llave.
Tal vez porque, por primera vez en cuatro años, retroceder le pareció más peligroso que avanzar.
Tomás se agachó frente a Lázaro.
—¿Quién?
El chofer movió la cabeza.
—No puedo.
—Acabas de intentar matarme frente a mi casa.
Claro que puedes.
Lázaro miró hacia Alma.
Esa mirada fue un cuchillo.
—Ella no debía estar ahí —murmuró.
Tomás giró apenas.
—¿Qué dijiste?
Lázaro cerró los ojos como si al hacerlo pudiera desaparecer.
—Dijeron que usted saldría solo.
Que la muchacha estaría en la cocina.
Dijeron que nadie la iba a ver.
Alma sintió que el suelo se hundía debajo de sus zapatos.
—¿Nadie me iba a ver para qué? —preguntó.
Su voz no sonó débil.
Eso la sorprendió.
Tomás no apartó los ojos del chofer.
—Contesta.
—Para cargarle la culpa —susurró Lázaro—.
En el estudio hay un sobre con dinero y un teléfono a nombre de ella.
Todo preparado.
Cuando el coche explotara, iban a decir que la empleada había vendido la ruta.
El silencio cayó sobre todos.
Alma no entendió al principio.
Su mente se aferró a detalles absurdos: su uniforme manchado de polvo, una astilla de vidrio sobre su zapato, el olor a gasolina quemada.
Después la frase entró completa.
A nombre de ella.
Habían elegido su nombre porque era pequeña dentro de la casa.
Porque nadie preguntaría demasiado por una empleada.
Porque una muchacha con madre enferma y deudas de farmacia era una culpable fácil.
Tomás se puso de pie.
—¿Quién preparó eso?
Lázaro abrió la boca, pero un sonido llegó desde el interior.
Un cajón cerrándose.
Fue mínimo, casi perdido entre la lluvia y las sirenas lejanas.
Pero Alma conocía esa casa mejor que cualquiera.
Conocía los cajones de la cocina, los armarios de lino, las cómodas de los cuartos de huéspedes.
Ese sonido era del estudio: el cajón inferior del escritorio de nogal, donde Tomás guardaba documentos que nadie podía tocar.
Y solo dos personas tenían la llave.
Tomás.
Y Beatriz.
Alma miró hacia la escalera.
Beatriz Aranda terminó de bajar con una elegancia que no pertenecía al caos.
La