Mariela respiró hondo. El aire olía a tierra mojada y pan de una cafetería cercana.
—Sí.
—¿Lista?
Ella miró la caja en sus brazos. Encima estaba la libreta vieja, ahora llena de notas nuevas. La empresa había creado un área de atención estratégica y le ofrecieron dirigir el primer proyecto. No como favor. No como reparación. Porque se lo ganó en cada reunión donde decidió no volver a empequeñecerse.
Mariela sonrió apenas.
—Ahora sí.
Mientras caminaba hacia el coche, una ráfaga de viento le movió el cabello. No había música, ni aplausos, ni frases perfectas. Solo una mujer saliendo por su propio pie de un edificio donde una noche la dejaron casi desnuda para quebrarla.
Y no se quebró.
Esa fue su victoria: no quedarse para demostrar nada, no vengarse con gritos, no convertirse en la crueldad que la hirió. Su victoria fue cerrar la puerta sin miedo y abrir otra con su nombre completo.