de pronto, Mariela vio el muro entero.
—No voy a vivir con alguien que me humilla en mi propia casa —dijo.
Bruno sonrió sin alegría.
—¿Tu propia casa?
Entonces la puerta del dormitorio se abrió. Elvira apareció en el umbral con una copa de vino en la mano, como si llevara rato escuchando. Tenía el cabello plateado impecable, los labios pintados de granate y un collar de perlas que siempre tocaba cuando estaba a punto de decir algo cruel.
—Mariela, no hagas escenas —dijo—. Una mujer inteligente sabe cuándo hacerse a un lado.
Mariela la miró. Recordó el primer almuerzo en que Elvira le sirvió a todos menos a ella. Recordó el día que encontró su cajón de documentos abierto. Recordó cuando Bruno la llamó dramática por quejarse. Y recordó la mañana en que vendió su coche para ayudarlo con la nómina, mientras él le prometía que algún día todo sería de los dos.
—No —dijo Mariela.
Fue una palabra pequeña, pero cambió la habitación.
Elvira dejó de sonreír. Bruno endureció la mandíbula.
—¿Qué dijiste?
—Dije que no. Tu mamá no se muda aquí.
La mano de Bruno golpeó la pared junto a su cabeza. Mariela dio un paso atrás. Elvira no se sobresaltó; apenas bebió un sorbo de vino.
—Mírala —susurró la mujer—. Ya te perdió el respeto.
Eso bastó.
Bruno tomó a Mariela del brazo. Ella forcejeó, no para atacarlo, sino para soltarse. La bata se abrió un poco y ella la sujetó con la otra mano, sintiendo una humillación tan profunda que le quemó los ojos. Él no pareció verla como esposa ni como persona. La arrastró por el pasillo del departamento mientras Elvira los seguía despacio.
—Bruno, suéltame.
—Afuera se te baja el orgullo.
—Estoy en bata.
—Entonces aprende rápido.
Y la sacó.
Ahora, en el pasillo del edificio, Mariela escuchaba su propia respiración temblorosa. La lluvia golpeaba los ventanales junto al ascensor. Una tormenta había cubierto la ciudad de Puebla esa noche, y los relámpagos iluminaban por instantes las paredes crema y los cuadros abstractos del corredor.
De pronto, el ascensor hizo un sonido suave.
Las puertas se abrieron.
Tomás Andrade salió con una carpeta negra bajo el brazo. Venía empapado, con el cabello oscuro revuelto por la lluvia y el abrigo pegado a los hombros. A su lado caminaba una mujer de traje gris, de unos cuarenta años, con el rostro serio y un sobre sellado contra el pecho.
Tomás se detuvo al ver a su hermana.
La mirada se le fue primero a la bata, luego a los pies descalzos, después a la marca roja en el brazo de Mariela. Por último, a su cara.
—Mariela —dijo.
Ella quiso hablar, pero solo le salió aire.
Tomás dejó la carpeta sobre una mesita del pasillo y se quitó el abrigo. Sin hacer preguntas, se lo puso sobre los hombros. El gesto fue tan cuidadoso que Mariela sintió que algo dentro de ella se quebraba.
—¿Fue Bruno?
Mariela no respondió. No hizo falta.
La puerta del departamento se abrió de golpe. Bruno apareció con una expresión irritada, como si pensara seguir la discusión. Al ver a Tomás, cambió de cara con una rapidez casi ridícula.
—Tomás —dijo, intentando sonreír—. Qué sorpresa. Llegaste en mal momento.
Tomás miró a su hermana cubierta con su abrigo, luego