La Echó De Su Casa Sin Saber Quién La Había Pagado

ropa que ya no reconocía como mía. Después compré cortinas nuevas, una mesa pequeña y dos tazas rojas. No porque esperara a alguien. Porque me gustaron.

Esa noche cené pan tostado con queso, de pie en la cocina, mirando mi reflejo en la ventana. No parecía una mujer abandonada. Parecía una mujer regresando.

Y cuando apagué la luz del pasillo, la cámara de la puerta parpadeó una vez, igual que aquella mañana. Solo que ahora no grababa mi expulsión.

Grababa mi comienzo.

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