libros. Después las plantas: una lengua de suegra enorme, dos helechos y una bugambilia pequeña que Hortensia siempre decía que ensuciaba el balcón. Cuando los hombres cargaron el comedor, ella apareció en la puerta de su cuarto.
Llevaba bata rosa, pantuflas y el gesto descompuesto de quien despierta dentro de una escena que no controla.
—¿Qué significa esto?
—Significa que me voy —dije.
Sus ojos se iluminaron con una satisfacción breve, automática. La perdió cuando vio que el refrigerador avanzaba hacia la puerta.
—Ese refrigerador es de la casa.
—No. Es mío.
—Mariana, no empieces.
—No estoy empezando, Hortensia. Estoy terminando.
Se quedó inmóvil. Los cargadores pasaron junto a ella con el electrodoméstico protegido por plástico. Sergio revisó una hoja y me pidió una firma. Firmé.
—No puedes llevarte todo como una ladrona —dijo ella.
La palabra ladrona hizo que uno de los cargadores levantara la vista. Yo respiré despacio.
—Tengo facturas de cada cosa.
—Mi hijo no va a permitir esto.
—Tu hijo permitió demasiadas cosas.
Hortensia apretó el bastón con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Por primera vez no vi autoridad en ella. Vi miedo disfrazado de enojo.
Diego llegó a las seis y diecisiete. Siempre recordaré la hora porque el elevador anunció el piso con un campanazo suave, casi alegre. Salió con la camisa arrugada, el cabello húmedo y el cuello oliendo a perfume ajeno incluso desde la puerta.
Traía la culpa en la cara, pero no la humildad.
—Mariana —dijo—. ¿Qué estás haciendo?
—Mudándome.
Miró el pasillo lleno de cajas, a los cargadores, a su madre, luego la carpeta gris en mi mano.
—No es el momento.
Casi sonreí.
—Para echarme sí era el momento.
Hortensia se giró hacia él.
—Dile que deje las cosas. Se está llevando muebles de tu casa.
Diego abrió la boca, pero no salió nada. Ese silencio fue la primera grieta visible en la estatua que su madre había construido alrededor de él.
Sergio, el encargado, se acercó con una tabla de inventario.
—Disculpen. Necesito confirmar antes de continuar con la entrega de llaves y retiro final. ¿A nombre de quién está el departamento?
Hortensia contestó con una seguridad que habría dado lástima si no hubiera dolido tanto.
—De mi hijo, por supuesto.
Diego bajó los ojos.
Yo abrí la carpeta. Saqué la copia de la escritura y se la mostré a Sergio. No tuve que levantar la voz.
—Está a mi nombre.
La cámara de la puerta parpadeó en rojo. Tal vez grabó el momento exacto en que Hortensia dejó de respirar con superioridad.
—Eso no puede ser —susurró.
—Sí puede.
—Diego.
Él se pasó una mano por la cara.
—Mamá, después hablamos.
—¿Después? —Su voz se quebró en rabia—. ¿Esta mujer está diciendo que la casa es suya y tú me dices después?
—No es esta mujer —dije—. Soy Mariana. La persona que ha pagado este techo durante años.
Hortensia me miró como si acabara de verme por primera vez. No con respeto. Con cálculo. Estaba buscando una forma nueva de acomodar la realidad para seguir siendo víctima.
—Yo no sabía —dijo.
—Nunca preguntaste.
—Porque no era mi obligación saber tus arreglos con mi hijo.
—Pero sí te sentiste con derecho a echarme de un departamento que no sabías de quién era.
La frase cayó