movimientos recientes.
Si doña Elvira ha hecho modificaciones, necesitamos saberlo.
—¿Modificaciones?
—En casas así, la gente se siente dueña muy rápido.
Teresa no respondió.
Pensó en los jardineros, en los toldos nuevos, en las reuniones de doña Elvira con señoras que hablaban de eventos benéficos y patrocinios.
Pensó en una frase que escuchó una tarde, cuando entraba al jardín con una charola de galletas para Regina.
Este espacio podría dejar muchísimo dinero si se maneja bien.
En ese momento creyó que hablaban de una fundación.
Ahora no estaba segura.
A las seis de la mañana dejó de llover.
El cielo quedó gris, bajo, como si la ciudad no terminara de despertar.
Teresa se bañó, se peinó con cuidado y eligió un vestido azul marino que Julián decía que le daba presencia.
No se puso joyas, excepto una cadena delgada con su anillo de matrimonio.
Sobre la cama dejó la bolsa con el pañuelo de Regina y la medallita restaurada.
Durante un instante dudó.
No de la decisión.
Dudó de su propio corazón.
Pensó en Matías de niño, corriendo hacia ella con las rodillas raspadas.
Pensó en su hijo adolescente, cerrando puertas.
Pensó en el hombre desesperado de la cafetería, pidiéndole ayuda con una vergüenza que ella confundió con madurez.
El celular vibró.
Era un mensaje de la licenciada Robles.
Encontré algo grave.
Voy en camino.
No hable con nadie.
Teresa sintió un frío distinto.
Guardó la carpeta verde en una bolsa de piel y salió.
La residencia de Puerta de Hierro estaba despierta cuando llegó a la zona.
Desde la esquina se veían listones blancos en la reja, flores junto a la fuente y un toldo elegante instalado en el jardín lateral.
Una camioneta descargaba cajas de copas.
Dos mujeres con uniforme acomodaban recuerdos sobre una mesa.
La casa brillaba bajo la luz gris de la mañana.
Teresa recordó la primera vez que la vio.
Vacía, silenciosa, con olor a pintura fresca.
Matías había recorrido el recibidor con la boca abierta.
Camila lloró al entrar al cuarto de la bebé.
Teresa se quedó atrás, apoyada en la puerta, agradeciendo en secreto que Julián le hubiera dejado la posibilidad de salvarlos.
Ahora, frente a esa misma casa, se sintió extranjera.
A las 8:12, el automóvil de la licenciada Robles se detuvo frente a la reja.
Detrás llegó otro vehículo con dos actuarios y un notario.
Teresa bajó de su coche con la carpeta contra el pecho.
Doña Elvira fue la primera en verlos.
Estaba en el pórtico con un traje color perla, dando instrucciones a un florista.
Su cabello plateado estaba recogido en un moño impecable.
Cuando vio a Teresa, su sonrisa se congeló apenas un segundo.
Luego volvió a esa expresión pulida que usaba para herir sin parecer grosera.
—Teresa —dijo—.
Qué sorpresa.
Pensé que Matías ya había hablado con usted.
Teresa subió los primeros escalones.
—Habló.
—Entonces entenderá que hoy necesitamos tranquilidad.
Es un día importante para Regina.
—Por eso vine.
La sonrisa de doña Elvira se tensó.
—No es buen momento para escenas.
La licenciada Robles abrió su portafolio.
—No venimos a hacer una escena.
Venimos a notificar.
Matías apareció en la puerta con una camisa blanca y el cabello húmedo.
Tenía en la mano un pequeño rosario.
Al ver a los actuarios, perdió el gesto de cortesía.