una bandeja de cartas.
Luego fue al clóset y se arrodilló con dificultad frente a una caja metálica.
La cerradura cedió con un chasquido.
Adentro estaba la carpeta verde.
Teresa la miró como se mira una puerta que uno prometió no abrir.
La había preparado la licenciada Robles tres años atrás, cuando la constructora de Matías se desplomó después de una mala asociación.
Su hijo debía dinero a proveedores, bancos y dos prestamistas privados que no eran precisamente pacientes.
Camila tenía seis meses de embarazo.
Matías llegaba a casa con los ojos hundidos, inventando optimismo frente a su esposa y deshaciéndose por dentro cuando hablaba con su madre.
Una tarde, en una cafetería casi vacía, él se quebró.
—Mamá, no sé cómo arreglarlo —le dijo, apretando una servilleta hasta romperla—.
Si Camila se entera de todo, me deja.
Si los bancos ejecutan, no tengo dónde llevarla.
Voy a perder a mi hija antes de conocerla.
Teresa recordaba la vergüenza en su voz.
Recordaba cómo él evitaba mirarla.
Recordaba el impulso inmediato de abrazarlo, de decirle que todo saldría bien, aunque no tenía idea de cómo.
Esa noche llamó a la licenciada Robles.
Vendió un terreno que Julián había comprado para retirarse algún día.
Liquidó deudas urgentes.
Negoció con bancos.
Compró la residencia de Puerta de Hierro donde Matías y Camila se mudaron antes de que naciera Regina.
Pero no puso la casa a nombre de su hijo.
La abogada fue firme.
—Teresa, lo ama, pero su hijo toma decisiones desesperadas.
Si pone esto a su nombre, lo pierde en seis meses.
Así nació la sociedad patrimonial.
La casa quedó bajo control de Teresa, con un contrato de uso familiar para Matías, Camila y la niña.
No era un castigo.
Era una protección.
Matías lo sabía.
Lo firmó.
Incluso lloró cuando ella le entregó las llaves.
—Te juro que te lo voy a pagar todo —le dijo.
Teresa le creyó a medias, pero lo abrazó completo.
Al principio, la casa fue un alivio.
Camila decoró el cuarto de Regina con tonos crema.
Matías volvió a dormir.
Teresa visitaba los domingos con pan dulce y flores frescas.
Por un tiempo, creyó que había valido la pena.
Luego llegó doña Elvira.
No llegó de golpe.
Llegó como llegan algunas invasiones: con favores pequeños, comentarios suaves y una sonrisa que nunca alcanzaba los ojos.
Primero ofreció ayudar con la bebé.
Después empezó a quedarse varios días.
Luego movió los muebles del recibidor porque, según ella, la entrada se veía provinciana.
Más tarde contrató jardineros, cambió cortinas, eligió vajillas, ordenó pintar una pared sin preguntar.
Teresa no protestó.
Camila parecía agradecida.
Matías decía que era temporal.
Regina estaba bien cuidada.
Y Teresa, que siempre había preferido la paz a la discusión, se convenció de que no valía la pena pelear por cortinas.
Pero las cortinas fueron apenas el principio.
En la primera Navidad en la residencia, Teresa llegó con romeritos y buñuelos.
Doña Elvira la recibió en la puerta con un vestido dorado y una copa en la mano.
—Ay, Teresa, qué linda intención —dijo mirando los recipientes—.
Pero ya tenemos menú contratado.
Déjalos en la cocina, tal vez el personal quiera probar.
Teresa sintió el golpe, pero sonrió.
Esa noche la sentaron cerca del pasillo de servicio, lejos de la mesa principal donde los