aunque no lo bastante para limpiar su conciencia. Beatriz no me llamó jamás. Martín sí. Muchas veces. Primero con rabia. Después con disculpas. Luego con nostalgia. Al final, con silencio.
El día que entregué las llaves de la casa donde vivimos juntos, encontré en un cajón una tarjeta vieja. Era de nuestra boda. Decía Laura Robledo con letras doradas.
La miré largo rato.
Luego la dejé sobre la mesa.
Ya no necesitaba un apellido para sentirme elegida.
Meses después volví a Cartagena, pero sola. No por venganza. No por nostalgia. Volví porque durante mucho tiempo había asociado esa ciudad con la noche en que me dejaron afuera. Quería darle otro recuerdo a mi cuerpo.
Me hospedé en un hotel pequeño cerca de la plaza. Caminé sin prisa por las murallas al atardecer. Compré aretes de una vendedora que me llamó reina sin saber nada de mí. Cenó conmigo una amiga que tomó un vuelo solo para acompañarme y brindar por lo que ella llamó mi regreso al centro de mi propia vida.
Al final de la noche, pasamos frente al mismo patio colonial.
Había otra fiesta. Otra mesa. Otras velas.
Me detuve un momento.
Mi amiga me tomó del brazo.
—¿Estás bien?
Miré hacia adentro. Una mujer joven reía junto a una mesa larga. Un mesero acomodaba una silla extra para alguien que acababa de llegar tarde. Nadie parecía humillado. Nadie parecía invisible.
Respiré el aire salado.
—Sí —dije—. Estoy bien.
Seguimos caminando.
En la esquina, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Inés, la fotógrafa. Nos habíamos escrito algunas veces desde aquella noche. Me enviaba trabajos nuevos, fotos de su madre, pequeños saludos de cumpleaños.
El mensaje decía: Vi esto y pensé en ti.
Abajo había una imagen: una mesa sencilla frente al mar, con una sola silla, una copa de agua, un plato de fruta y una tarjeta escrita a mano.
Laura.
Sonreí.
No porque por fin alguien me hubiera dado un lugar.
Sino porque ya no estaba esperando que nadie lo hiciera.