—Entendido, señora.
—Y por favor, que todo quede registrado por correo.
—Por supuesto.
Afuera, Cartagena olía a sal, piedra caliente y flores. El ruido de la calle entró en mí como una bocanada de realidad: motos, pasos, risas ajenas, una canción lejana saliendo de un balcón. Saqué el celular antes de llegar a la esquina.
Primero llamé al hotel.
—Buenas noches, habla Laura Méndez. Necesito modificar las reservas vinculadas al grupo Robledo. A partir de mañana, liberen todas las habitaciones adicionales. Mantengan únicamente la mía.
El recepcionista dudó.
—Señora, ¿confirma la cancelación de las habitaciones familiares?
—Confirmo.
Después llamé a la empresa de lanchas.
—El paseo privado de mañana queda cancelado. La autorización está a mi nombre.
Luego al chofer.
—No recoja al grupo Robledo esta noche. Yo me encargaré de mi propio traslado.
Cada llamada era una puntada cerrando una herida que ellos creían abierta para siempre.
Cuando el taxi se detuvo, mi teléfono ya vibraba con el nombre de Martín. No contesté. Volvió a llamar. Luego apareció Beatriz. Después Richard. Luego Julián, que jamás me escribía salvo para pedirme favores.
Me senté en el asiento trasero y miré por la ventana cómo el restaurante desaparecía entre las calles iluminadas.
El primer audio llegó once minutos después.
Era Martín.
—Laura, ¿qué hiciste? Mi mamá está alterada. Esto es ridículo. Vuelve ahora mismo y arregla lo que cancelaste.
Sonreí sin alegría.
Arregla.
Siempre esa palabra. Como si mi función en el mundo fuera reparar lo que ellos rompían.
El segundo audio fue de Beatriz. Su voz ya no sonaba realzada por la mesa ni por las copas. Sonaba tensa.
—Querida, creo que hubo una confusión. Te esperamos. No conviertas una tontería en un problema mayor.
No respondí.
Apreté el teléfono contra mi palma y por primera vez en mucho tiempo no sentí culpa. Sentí claridad.
El taxi me dejó frente al hotel poco antes de la medianoche. El edificio era hermoso: paredes blancas, puertas de madera oscura, lámparas cálidas, un patio interior con una fuente pequeña y hojas flotando en el agua. Beatriz lo había elegido porque, según ella, necesitaba un lugar con carácter. Yo lo había reservado porque todavía estaba aprendiendo a confundir sus caprichos con cariño.
El recepcionista me saludó con cautela.
—Señora Méndez, dejaron esto para usted al hacer check-in. Olvidé entregárselo con el equipaje.
Me tendió un sobre crema.
Mi nombre estaba escrito a mano.
Laura Méndez.
No Laura Robledo. No señora de Robledo. Mi nombre entero, limpio, firme.
—¿Quién lo dejó?
El recepcionista miró la pantalla, incómodo.
—Una señora. Dijo que era urgente, pero pidió que se lo entregáramos solo a usted.
Tomé el sobre.
—Gracias.
Subí al sexto piso con el sobre apretado contra el pecho. Mi habitación estaba al final del pasillo, lejos de las suites familiares. Al principio, cuando hicimos la reserva, Martín dijo que era más práctico: sus padres necesitaban estar cerca de los ascensores, sus tíos preferían habitaciones comunicadas, sus primos querían vista al patio. Yo terminé con la habitación más silenciosa porque nunca pedía nada.
Esa noche agradecí el silencio.
Cerré la puerta, puse el seguro y dejé el sobre sobre la cama. Durante unos segundos solo lo miré.
Reconocí la letra antes de abrirlo.
Patricia.
Patricia trabajaba como asistente legal en la empresa de Martín. La había visto