están?
Nadie respondió.
Renata sacó su teléfono. Llamó a Mariana. Una, dos, tres veces. Nada. Entonces escribió un mensaje largo. Luego otro. Diego se apoyó contra la pared, mirando la cinta roja como si por fin entendiera que una puerta también puede acusar.
Esa misma noche, Mariana recibió una videollamada de un número desconocido. No contestó. Luego llegó un mensaje de Diego:
Mi mamá dice que si no arreglamos esto hoy, va a declarar que no estás bien de la cabeza.
Mariana sostuvo el teléfono sin sentir sorpresa. Lucía dormía en una cuna transparente junto a su cama en el pequeño departamento temporal que Abril le había conseguido. Elvira estaba en la cocina preparando té.
Mariana respondió por primera vez en una semana:
Todo lo que tengan que decir, díganlo ante la autoridad.
Diego tardó cinco minutos en contestar.
Yo no quería dejarte.
Ella miró esas cinco palabras hasta que dejaron de doler y empezaron a darle asco.
Escribió:
Pero lo hiciste.
Al día siguiente, Diego pidió verla en una sala del juzgado familiar. Mariana aceptó solo porque su abogada estaría presente. Llegó con Lucía en brazos, vestida con un suéter gris y el cabello recogido. No se maquilló para parecer más fuerte. No necesitaba parecer nada.
Diego ya estaba ahí. Se levantó al verla. Tenía los ojos rojos.
—Mariana…
—No te acerques.
Él se detuvo.
Renata estaba sentada detrás, rígida, con una carpeta sobre las piernas. No miró a la bebé con ternura. La miró con cálculo.
—Esto se salió de control —dijo Renata—. Nadie te abandonó. Te pusiste histérica.
La abogada de Mariana colocó una tableta sobre la mesa.
—Antes de continuar, vamos a reproducir el video del pasillo.
Renata palideció apenas, lo suficiente para que Mariana lo notara.
En la pantalla apareció el pasillo del octavo piso. Diego cerrando la puerta. Renata señalando la cerradura. Mariana no se veía, pero en un momento se distinguía su mano golpeando desde una rendija inferior cuando la puerta vibró. Diego miró hacia atrás. Renata lo tomó del brazo. Se fueron.
La sala quedó en silencio.
—No tiene audio —dijo Renata, recuperando su voz—. No prueba nada.
La abogada cambió de archivo.
—Este sí.
Era la llamada de emergencias. La voz de Mariana, rota, diciendo que estaba encerrada. La operadora pidiéndole la dirección. Mariana diciendo: Mi esposo me dejó bajo llave. Se rompió la fuente.
Diego se tapó la cara.
Renata apretó la carpeta hasta doblar una esquina.
—Ella puede decir cualquier cosa —insistió—. Siempre ha sido manipuladora.
Entonces entró Elvira.
No estaba prevista en la reunión informal, pero la habían citado para declaración. Caminó despacio hasta la mesa, sacó de su bolsa una memoria USB y la dejó frente a la abogada.
—Mi sobrino instaló una cámara en mi entrada porque me robaron una planta —dijo—. Esa cámara sí toma sonido cuando alguien grita en el pasillo.
Renata perdió por primera vez la compostura.
—Esa grabación es ilegal.
Elvira la miró con una calma que solo dan los años.
—Ilegal fue cerrar con llave a una mujer pariendo.
La nueva grabación no era perfecta. Se veía el borde del pasillo, parte de la puerta de Mariana, el perfil de Diego. Pero el audio era claro en un fragmento.
La voz de Renata decía: Cierra los dos cerrojos. Que aprenda.
Diego