dijeron exactamente? —preguntó Inés, mirando a Álvaro.
El corredor abrió la carpeta con cautela.
—Sus padres me indicaron que son los propietarios del inmueble y que usted lo ocupa temporalmente por acuerdo familiar.
Teresa sonrió.
—Te dejamos vivir aquí por lástima.
Eso no te convierte en dueña.
Las palabras dolieron menos de lo que Inés esperaba.
Quizá porque ya las había escuchado con otros nombres: ayuda, oportunidad, favor, sacrificio.
Siempre había una deuda inventada en la boca de su madre.
—¿Trae documentos? —preguntó Inés.
Álvaro tragó saliva.
—Una copia simple de escritura, un certificado reciente y una autorización de venta firmada por la señora Teresa Morales.
—¿Firmada por ella?
—Sí.
—¿Y mi firma?
Teresa golpeó la mesa con dos dedos.
—No hace falta tu firma para lo que no es tuyo.
Inés sostuvo su mirada.
Durante un segundo regresó a los diecisiete años, a la noche en que Teresa tiró sus dibujos a la basura porque “nadie en esta familia va a mantener artistas”.
Regresó a los veintiséis, cuando Arturo le dijo que cuidar a la abuela era lo mínimo que podía hacer porque Daniel estaba “destinado a cosas más grandes”.
Regresó a cada Navidad en que la sentaban al final de la mesa y le pedían servir antes de preguntarle cómo estaba.
Pero también recordó otra voz.
“No dejes que te saquen de donde por fin puedas respirar”.
Su abuela Elena se lo había dicho una tarde de febrero, con las manos manchadas por la edad y los ojos todavía lúcidos.
Inés la había estado peinando junto a la ventana.
En la calle sonaba un organillero.
Elena le apretó la muñeca con una fuerza inesperada y repitió: “Prométemelo”.
Inés se lo prometió.
—Voy a pedirte algo, Álvaro —dijo ahora, sin apartar los ojos de su madre—.
Antes de seguir hablando de venta, lee esto.
Caminó hasta el mueble del pasillo.
Teresa la siguió con una sonrisa torcida.
—¿Vas a sacar tus recibitos? Qué miedo.
Inés abrió el cajón inferior y retiró una carpeta verde, gruesa, con ligas gastadas.
La puso sobre la mesa y sacó el primer documento.
Arturo dejó de revisar la cocina.
—Inés.
Fue apenas su nombre, pero sonó como advertencia.
—¿Qué pasa, papá?
—No hagas esto.
Esa frase, en él, era una confesión.
Álvaro tomó la hoja.
Sus ojos recorrieron el sello del Registro Público de la Propiedad, el número de folio real, la descripción del inmueble.
Luego se detuvieron donde aparecía el nombre de Inés Morales Herrera como propietaria única.
El corredor levantó la vista.
—Según esto, la propietaria es usted.
Teresa se quedó inmóvil.
—Eso es imposible.
—No —respondió Inés—.
Lo imposible era que siguieran fingiendo que no lo sabían.
Arturo se acercó y le arrebató el documento a Álvaro.
Leyó dos líneas, luego tres.
La piel alrededor de su boca perdió color.
Teresa intentó tomar la hoja, pero él no se la dio.
—¿De dónde sacaste esto? —preguntó Arturo.
—De la notaría.
De donde salen las escrituras reales.
—Tu abuela no estaba bien.
Inés respiró hondo.
Esa era la frase que había esperado.
La tenían guardada como arma desde el día del funeral.
—Cuando firmó, tenía dos evaluaciones médicas que confirmaban su lucidez.
También hay video de la lectura preliminar.
También hay testigos.
Lo sabes porque te mandaron copia.
Teresa apretó el bolso