acomodé a Simón contra mi pecho y, cuando la puerta se cerró, sentí una punzada de alivio tan fuerte que casi me puse a llorar. No fuimos a casa de mis padres. Fuimos a la de mi abuelo.
La casa de don Ernesto siempre olía a madera, café y jardín húmedo. Era un olor que desde niña me hacía pensar en refugio. Esa tarde también. Su enfermera, Julieta, me llevó de inmediato a la sala pequeña, me dio agua con hielo, calentó un biberón y revisó la temperatura de Simón. Mientras mi hijo comía, yo me di cuenta de que tenía las manos temblando.
Mi abuelo esperó a que el bebé se durmiera otra vez y me llevó a su estudio. Cerró la puerta. No tomó asiento hasta que yo lo hice.
—Cuéntamelo todo —dijo.
Y por fin lo conté.
Le hablé de la cómoda de mi madre, siempre con llave, donde guardaba mis documentos desde que volví de la clínica. Le conté que varias cartas del banco habían dejado de llegar a mis manos y que cada vez que preguntaba, Patricia decía que seguramente eran publicidad. Le hablé de las notificaciones de compras que aparecían en mi cuenta a horas en que yo estaba dormida. Le hablé de las veces que Camila agarraba mi teléfono con la excusa de cargarlo y luego parecía saber conversaciones que yo no le había mostrado a nadie. Le hablé de cómo me daban dinero contado, de cómo tenía que justificar cada bote de fórmula, cada paquete de pañales, cada pomada para la cicatriz, mientras ellos salían a cenar como si nada faltara.
Mi abuelo no me interrumpió. Solo hizo preguntas breves, precisas, de hombre acostumbrado a separar dolor de hechos.
—¿Tienes tus llaves?
Negué.
—¿Tu banca electrónica?
—Camila cambió el teléfono donde me llegaban las claves. Dijo que el mío se desconfiguró.
—¿Tus papeles del bebé?
—Los tiene mi mamá en una carpeta azul.
—¿Te llegó un sobre del despacho de Lucía Beltrán?
Lo miré sin entender.
—No.
Esa fue la primera vez que vi preocupación real en sus ojos. Se levantó, abrió un cajón del escritorio y sacó un fólder color vino. Lo deslizó hacia mí. En la pestaña estaba escrito mi nombre completo. Debajo, en letras pequeñas, decía administración temporal.
—Tu abuela Aurora dejó un departamento en la colonia Pitic —me explicó—. Cuando nació Simón, se activó la cláusula para que la renta de esa propiedad pasara a depositarse a tu cuenta. Era la manera en que ella quiso asegurarse de que, si algún día tenías un hijo, nunca tuvieras que pedir permiso por lo esencial.
Se me hizo un vacío en el pecho.
Yo había pedido dinero para fórmula. Yo había aguantado comentarios crueles por toallitas húmedas. Yo había contado cucharadas de leche mientras alguien estaba cobrando una renta que me pertenecía.
—Yo no sabía nada —dije.
—Eso ya lo veo.
Sacó el teléfono y marcó sin titubear.
—Lucía, ven a la casa. Y llama a Samuel. Quiero copias de todos los movimientos de Valeria y del expediente de Aurora. También necesito el historial de la camioneta.
Escuchó unos segundos y añadió:
—No, no mañana. Hoy.
Cuando colgó, se quedó mirándome como si quisiera medir cuánto más podía caerme el mundo sin terminar de romperme.
—Valeria, lo de la camioneta