de un libro.
Ya no sentía el frío.
Abrí el sobre con los dedos torpes.
Solo había una frase escrita a mano:
“No regreses a la casa. Lee todo sola. Confía en las pruebas, no en las palabras. —E.V.”
Dentro de la caja metálica encontré una memoria USB, una libreta bancaria y una carpeta de documentos plastificados.
El aliento se me cortó cuando vi la cifra de la cuenta.
Luego leí el primer documento.
Era una cesión de acciones.
Don Ernesto me había transferido, tres meses antes, el dieciocho por ciento del Grupo Valdivia.
Tuve que leerlo dos veces porque mi mente se negaba a procesarlo. El papel llevaba sellos notariales. Firmas. Fechas. Todo era legal.
Había una nota doblada dentro de la carpeta.
“Si llegaste a abrir esta bolsa, significa que Julián ya se exhibió solo. En la memoria encontrarás registros de desvíos, contratos inflados y la instrucción para usar tu firma en operaciones falsas de la fundación. También el video de esta noche. No confíes en quien intente negociar contigo antes de las nueve. Ve con Salcedo. Él sabe qué hacer. Y no abras la carpeta roja hasta que estés a solas.”
Mis manos empezaron a temblar.
Julián quería usar mi nombre.
No solo planeaba reemplazarme por la hija del gobernador. Iba a cargarme encima la basura financiera que llevaba meses escondiendo.
Fue entonces cuando la puerta de la mansión se abrió.
La vi desde lejos.
Una ráfaga de luz amarilla cayó sobre la escalinata y, segundos después, Julián apareció bajo la tormenta. Venía sin paraguas, furioso, acompañado por dos guardias. Ya no se reía.
Venía corriendo.
—¡Marina! —gritó—. ¡Espera!
Apreté la bolsa, metí lo esencial en la caja metálica y retrocedí hacia la caseta del guardia, donde el viejo Rogelio fumaba a escondidas cada vez que creía que nadie lo veía.
Cuando me vio, abrió los ojos con alarma.
—Señora…
—Necesito salir ya —le dije.
Miró a Julián acercándose a grandes pasos y luego me miró a mí. Rogelio llevaba quince años en esa casa. Sabía cuándo obedecer y cuándo entender.
Con manos rápidas, abrió la reja peatonal.
Salí al camino exterior justo cuando Julián llegó empapado.
—Dame eso —ordenó, señalando la bolsa.
—¿Ahora sí te importa lo que es mío? —pregunté.
Su mandíbula se tensó.
—No hagas estupideces. Mi padre no sabe lo que hace desde el infarto.
Mentira.
La dijo demasiado rápido.
—Entonces no deberías estar tan nervioso.
Me dio un paso más cerca.
—Marina, escúchame bien. Lo que haya ahí dentro pertenece a la familia.
—¿A la familia? —reí con una tristeza que me sorprendió a mí misma—. Hace diez minutos me dijiste que yo no era familia.
Julián miró por encima de mi hombro, como calculando si podía arrancarme la bolsa sin que quedara mal ante los guardias de la entrada.
—No entiendes en lo que te estás metiendo.
—Parece que sí.
Lo vi cambiar de táctica. Bajó la voz. Se acercó aún más.
—Te doy una hora para que te calmes. Regresa. Hablamos. Arreglamos esto.
Arreglamos.
La palabra me atravesó con asco.
—Anoche estabas acostado con otra mujer y hoy tu madre me sacó descalza de mi casa —dije—. ¿Qué parte exactamente quieres arreglar?
Se puso rojo.
—No provoques un escándalo que no te conviene.
—No creo que el escándalo sea mío.