El ardor inmediato.
El zumbido breve en el oído izquierdo.
La cabeza se le giró, no por fragilidad, sino por la violencia inesperada de una agresión absurda en un lugar donde todo estaba diseñado para parecer impecable.
—¡No la toques! —gritó una voz de mujer.
El salón entero se congeló.
La agresora estaba a menos de un metro.
Alta, esbelta, impecablemente maquillada.
Un vestido color marfil ceñido al cuerpo, joyas discretas pero carísimas, uñas perfectas de un tono rosa pálido.
El tipo de mujer que entraba a los espacios como si los hubiera financiado.
Elena la reconoció antes de que la memoria le trajera el nombre.
Marina Arizmendi.
Esposa de Tomás Arizmendi, vicepresidente de un grupo logístico con el que Varela Holding negociaba una alianza desde hacía cuatro meses.
Marina no la reconoció a ella.
Eso fue evidente en la forma en que la señaló.
—¿Qué crees que estás haciendo? —escupió—.
¿Te metiste porque no te vio seguridad? Hay personas que nacieron para vender estas cosas y otras para robárselas.
Nadie respiró.
El director de sala abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
Marina dio un paso más, poseída por esa clase de furia que nace cuando alguien se siente dueña del mundo y cree estar corrigiendo una falta.
—Te vi desde que entraste —continuó—.
Esa ropa, esa cara, esa manera de mirar…
vienes de quién sabe dónde y te atreves a tocar una pieza histórica.
Asqueroso.
La última palabra cayó como un cuchillo.
Elena no respondió.
Años antes, probablemente habría contestado con una frialdad quirúrgica.
Esa tarde no.
Tenía la cara ardiendo y el corazón tan cansado que cualquier escándalo le parecía una pérdida de tiempo.
Depositó la sortija con cuidado sobre el paño.
Acomodó la manga de su abrigo.
Y se dio media vuelta.
Detrás de ella, escuchó la respiración satisfecha de Marina.
Escuchó también el susurro de dos clientas que ya habían sacado el teléfono, no para ayudar, sino para registrar el momento.
Las cámaras siempre aparecían primero que la decencia.
Elena caminó hacia la salida con la espalda recta.
—Envuélvanla —dijo Marina al director de sala, ya con la voz compuesta—.
Me la llevo.
Elena no se detuvo.
El director de sala, sin embargo, no tomó la tarjeta negra que Marina había colocado sobre el mostrador.
Miró a Elena.
Luego miró la sortija.
Y, finalmente, miró a Marina con una expresión que parecía más cercana al pánico que a la obediencia.
—Señora Arizmendi…
—murmuró.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó ella, molesta.
—Creo que no entiende lo que acaba de ocurrir.
Marina soltó una risa incrédula.
—Entiendo perfectamente.
Su seguridad es ridícula y yo acabo de hacerles un favor.
El director tragó saliva.
—No, señora.
Usted acaba de agredir a la fundadora de esta casa.
El silencio que siguió fue brutal.
Marina parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
—¿Perdón?
—La señora Elena Varela —dijo él ya sin aire—.
Dueña de Varela Alta Joyería.
La tarjeta quedó inmóvil entre los dedos de Marina.
La seguridad de su rostro se abrió apenas, como una costura mal hecha.
—Eso no es posible.
Elena ya estaba junto a la puerta de cristal.
No giró aún.
—Y por instrucción inmediata —añadió el director, ahora pálido—, usted queda vetada de todas nuestras tiendas, salas privadas, subastas y eventos.
Marina dejó escapar una risa breve,