La tierra húmeda del cementerio todavía seguía pegada a mis zapatos cuando mi madre señaló mi vientre de ocho meses y decidió dónde iba a dormir esa noche.
—Empieza a guardar tus cosas, Vera —dijo, sin mirarme, mientras removía el café con una cucharita de plata—.
Paula y Bruno se quedan con tu habitación.
Pensé que el cansancio me había hecho oír mal.
Hacía menos de cuatro horas que habíamos enterrado a Mateo con honores militares.
Aún llevaba el vestido negro del funeral, las medias frías, el cabello recogido a medias y esa sensación absurda de que, si abría la puerta correcta, lo encontraría quitándose la chaqueta y pidiéndome que no frunciera el ceño.
Me apoyé en el respaldo de una silla porque mi espalda ya no aguantaba mucho tiempo de pie.
—Afuera hacen diez grados —dije—.
Estoy embarazada.
Mi padre dobló el periódico con un ruido seco.
Ni siquiera se tomó la molestia de bajar el tono.
—Y nosotros estamos cansados de caminar en puntillas por tu tristeza.
Desde que Mateo murió, en esta casa no se habla de otra cosa que de ti.
No de mí, pensé.
De mi duelo.
De mi barriga.
Del espacio que ocupaba.
Del recordatorio incómodo de que la muerte no había sucedido en la televisión sino en el comedor de ellos, sobre la silla donde yo dejaba el bolso y sobre la taza donde Mateo tomaba café cuando venía a buscarme.
Paula apareció en la puerta de la cocina con un abrigo color marfil impecable y unos pendientes nuevos que reflejaban la lámpara.
Detrás de ella venía Bruno Gálvez, con su sonrisa lisa, sus zapatos sin polvo y el perfume caro que siempre llegaba antes que él.
—No armes una escena —dijo mi hermana—.
Solo será por unos días.
Bruno necesita estar cerca del centro mientras cierran lo del nuevo contrato.
Bruno me regaló una inclinación de cabeza que quiso parecer compasiva.
—No es personal, Vera.
Solo estamos reorganizando la casa.
Reorganizando.
Como si yo fuera una silla de sobra.
Miré a mi madre esperando una grieta, una mínima vacilación.
No encontré nada.
Tenía la misma expresión con la que pedía el pan en la tienda.
—Tu padre y yo te hemos dado techo todo este tiempo —dijo—.
Lo mínimo es que cooperes.
Todo este tiempo habían sido once días.
Once días desde que el avión de pruebas que pilotaba Mateo cayó en un campo al sur de la ciudad.
Once días desde que los canales repitieron la palabra accidente hasta vaciarla de sentido.
Once días desde que yo dejé nuestro apartamento por recomendación médica, porque mi presión se disparó y el coronel Varela insistió en que no pasara las noches sola.
No respondí.
A veces el silencio tiene el filo más limpio.
Subí a la habitación que había sido mía de adolescente y donde, durante esas once noches, intenté convencerme de que estaba a salvo.
Metí en una maleta ropa amplia, vitaminas, los informes del embarazo, mi laptop de trabajo, una fotografía doblada de nuestra boda y las placas militares de Mateo.
También guardé la carpeta negra que él me había pedido conservar cerrada pasara lo que pasara.
La última vez que la había tocado fue la noche anterior al funeral.
Pesaba poco, pero me dejaba la mano helada.
Cuando bajé con