Ignacio destruirlo todo y aun así quedarse con la niña, la casa, el apellido, las acciones.
—Eso no le da derecho a hacer sufrir a una bebé.
Camila la miró con desprecio.
—Leonor no va a recordar nada.
La frase dejó a Marisol helada.
Camila pareció darse cuenta de lo que había dicho, pero ya era tarde.
Desde el pasillo, una voz baja preguntó:
—¿Qué no va a recordar?
Ignacio estaba en la puerta.
No llevaba traje. Solo una camisa blanca arrugada y pantalones oscuros. Tenía el rostro pálido.
Camila cambió de expresión en un instante.
—Ignacio, esta mujer está inventando cosas. Entré porque escuché a Leonor.
—El monitor estaba apagado —dijo él.
—Seguro Marisol lo apagó sin querer.
—No.
La seguridad de esa palabra sorprendió incluso a Marisol.
Ignacio levantó su teléfono.
—Revisé las cámaras del pasillo. Marisol me pidió que lo hiciera.
Camila miró a Marisol con odio.
—Las cámaras del cuarto no funcionan desde hace semanas —continuó Ignacio—. Tú dijiste que era por privacidad. Pero las del pasillo sí graban. Te vi entrar antes de cada crisis. Te vi sacar biberones. Te vi apagar el monitor. Te vi poner esa manta en la cuna después de que Marisol la quitaba.
El silencio se volvió insoportable.
Leonor lloraba entre hipidos. Marisol la tomó en brazos y la apartó de la manta.
—No entiendes —dijo Camila, ya sin su tono perfecto—. Elena dejó todo mal. Todo. A nombre de una niña. Una niña que tú no sabes cuidar. Yo soy la única que mantuvo esta casa de pie.
Ignacio dio un paso adelante.
—Mi esposa confiaba en ti.
—Mi hermana confiaba en cualquiera que le hablara bonito.
La crueldad de la frase lo golpeó.
—Camila.
—Tú estabas siempre trabajando. Siempre en juntas. Siempre llegando tarde. Elena murió esperándote, ¿o también vas a negarlo?
Ignacio bajó la mirada.
Marisol vio cómo la culpa lo atravesaba.
Camila lo notó y aprovechó.
—Firma la tutela. Déjame hacerme cargo. Tú puedes seguir siendo el padre de las fotos, el viudo respetable, el empresario fuerte. Yo me encargo de la niña, de los médicos, de los abogados, del fideicomiso. Es lo mejor para todos.
—No —dijo Marisol.
Camila giró hacia ella.
—Usted no opina.
—Sí opino. Porque estoy sosteniendo a la única persona de esta casa que no puede defenderse.
Leonor, como si entendiera la tensión, dejó de llorar por un segundo y extendió una manita hacia Ignacio.
Él se quedó paralizado.
—No va a querer —susurró.
—Sí va a querer —dijo Marisol—. Pero acérquese limpio de ese perfume. Sin miedo. Sin escucharla a ella.
Camila soltó una risa amarga.
—Qué escena tan conmovedora.
Ignacio se quitó el saco. Fue al baño del cuarto y se lavó las manos, los brazos, el cuello, como si intentara quitarse meses de mentira. Cuando volvió, Marisol acomodó a Leonor con cuidado.
—No la tome como si se fuera a romper —le dijo—. Tómela como si fuera suya.
Ignacio recibió a su hija.
Leonor se tensó.
Todos esperaron el grito.
No llegó.
La bebé movió la boca, hizo un sonido pequeño y apoyó la mejilla contra el pecho de su padre.
Ignacio cerró los ojos. Dos lágrimas le bajaron sin que pudiera detenerlas.
—Perdóname —susurró—. Perdóname, mi amor.
Camila dio un paso atrás.
Por primera vez, parecía realmente