a su madre después de casi un mes de silencio. No tenía un motivo concreto. Solo escuchó su propia voz decir: “Ma, ¿cómo estás?”. Del otro lado, su madre tardó dos segundos en responder, como si la sorpresa le hubiera cortado el aliento.
La conversación fue breve, banal incluso. Hablaron del gas, de su presión, de un vecino que había pintado de verde fosforescente la fachada. Pero al colgar, Tomás comprendió que la pregunta no era pequeña. A veces era casi todo.
Al día siguiente, la casa 18 no apareció en su ruta.
Pensó en ella durante la mañana más de lo que se permitió admitir. Al mediodía, sin explicarse demasiado, compró dos tortas de milanesa en un local cerca del centro de distribución y manejó hasta Jacarandas.
Elvira abrió la puerta después del segundo toque.
La expresión de alegría que se dibujó en su rostro cuando vio la bolsa de papel en la mano de Tomás fue tan nítida que él se sintió, por primera vez en mucho tiempo, en el lugar correcto.
—Hoy no traigo código de barras —dijo—. Solo comida.
—Entonces pase usted —respondió ella—. Hoy sí alcancé a peinarme como la gente decente.
Tomás rio y entró.
La casa olía a canela, libros viejos y muebles encerados. En las paredes había fotografías en blanco y negro, diplomas enmarcados, un reloj con péndulo que sonaba más fuerte de lo normal, quizá por el silencio que lo rodeaba todo. Pero algo había cambiado.
La mesa del recibidor ya no estaba llena de paquetes cerrados.
En su lugar había una caja de cartón mediana, perfectamente sellada, con una etiqueta blanca pegada arriba. Sobre la etiqueta, escrita con pluma azul y letra temblorosa, estaba una frase que lo hizo detenerse en seco:
Para Tomás Gálvez. Abrir solo si yo no puedo explicarlo.
—¿Qué es eso? —preguntó.
Elvira cerró la puerta con cuidado y evitó su mirada.
—Primero siéntate —dijo.
Se instalaron en el comedor. Ella puso platos, servilletas y un mantel limpio, como si fuera una visita importante. La caja quedó sobre una silla vacía, a un costado, presente en la conversación incluso cuando ninguno de los dos la mencionaba.
Tomás le dio un mordisco a la torta, pero dejó de masticar cuando vio que Elvira no tocaba la suya.
—Pasa algo —dijo.
Ella asintió.
—Anoche hablé con mi hijo.
Tomás esperó.
—Viene el viernes —continuó—. No viene solo. Trae a un notario.
—¿Para qué?
Elvira entrelazó las manos sobre el mantel. Las articulaciones se le veían inflamadas. Durante un momento pareció elegir con cuidado el orden de las palabras, como si supiera que algunas verdades cambian de forma según cómo se pronuncien.
—Hace seis meses me desmayé en el baño —dijo—. La señora que me ayuda dos veces por semana me encontró hasta el día siguiente. Desde entonces, Álvaro insiste en que ya no puedo vivir sola. Dice que esta casa es demasiado grande, demasiado vieja, demasiado peligrosa. Mi hija piensa parecido, aunque ella habla con más tacto. Quieren vender todo y llevarme a una residencia en Monterrey.
Tomás dejó la torta en el plato.
—¿Y usted no quiere irse?
Elvira miró alrededor. La vitrina. Las cortinas bordadas. El aparador donde descansaba una radio antigua. La fotografía de boda junto al florero.
—¿Tú te irías si cada rincón guardara