y él se quedó tocándola con los dedos, recorriendo la costura rota con una concentración extraña.
—¿Qué pasa, abuelo? —pregunté.
Él no me miró de inmediato.
—Nada, hija —dijo al fin—. Todavía no.
Me quedé quieta.
—¿Todavía no qué?
Pero cerró los ojos y ya no respondió.
Esa frase me inquietó durante horas. Pensé que hablaba de la muerte. Pensé que quizá sentía que se acercaba. Los ancianos a veces saben cosas de su cuerpo que nadie más puede entender. Sin embargo, también había algo en la forma en que tocaba la almohada. Algo deliberado. Algo secreto.
Esa noche su respiración empeoró.
Mi esposo no estaba en casa. Había regresado tarde de Chicago el día anterior y se había quedado dormido en el sofá, rendido. Mi hijo dormía en su cuarto. Yo permanecí junto a Ernesto, limpiándole la frente con un paño húmedo. Afuera, el viento golpeaba las ventanas con una insistencia triste.
El reloj de la sala marcaba cada segundo con una claridad insoportable.
Tic.
Tic.
Tic.
Ernesto abrió los ojos poco antes de la madrugada. No fue un despertar normal. Fue como si regresara desde muy lejos solo para cumplir una última tarea.
Me incliné sobre él.
—Estoy aquí, abuelo.
Sus labios se movieron. Le humedecí la boca con una gasa. Él levantó una mano lentamente, temblando, y señaló la almohada que tenía bajo la cabeza.
—Para ti, María —dijo con un hilo de voz—. Solo para ti.
Luego intentó agregar algo. Sus cejas se juntaron con desesperación, como si le faltaran palabras y tiempo al mismo tiempo.
—Abuelo, no se esfuerce —le susurré.
Pero sus ojos seguían fijos en mí.
Quiso apretar mi mano. No pudo. Sus dedos se aflojaron. Su pecho subió una vez más, bajó despacio y luego se quedó quieto.
Durante unos segundos no entendí. O tal vez no quise entender. Me quedé esperando otro ruido, otro movimiento, otra respiración difícil. Pero no llegó nada.
Ernesto se había ido.
Lloré abrazada a la cama hasta que empezó a aclarar. No fue un llanto elegante. Fue un llanto de agotamiento, de amor, de culpa, de alivio y de dolor mezclados de una forma que me dio vergüenza admitir. Porque cuando alguien a quien cuidas durante años muere, una parte de ti se rompe y otra parte, muy escondida, deja de tensarse.
Después llegaron los hijos.
La casa se llenó de voces. Llamadas. Pasos. Vecinos trayendo comida. Mujeres abrazándome. Hombres hablando en voz baja junto a la puerta. Mis cuñados lloraban, y no dudo que su dolor fuera real. Pero había algo extraño en verlos llorar por un hombre al que casi nunca acompañaron cuando todavía podía sentir su ausencia.
Uno de ellos comenzó a ordenar el cuarto demasiado pronto.
—Hay que sacar estas cosas —dijo—. Muchas ya no sirven.
Yo estaba en la cocina cuando lo vi salir con la almohada de Ernesto en la mano, junto con unas mantas viejas.
Sentí que algo me golpeaba el pecho.
—Esa no —dije.
Mi voz salió más dura de lo que esperaba.
Él se detuvo.
—¿Qué?
Caminé hacia él y le quité la almohada.
—Esa no se tira.
Mi cuñada me miró con cansancio.
—María, por favor. Está rota. Huele mal. Podemos comprarte otra si tanto quieres un recuerdo.
No supe explicar lo que sentía. ¿Cómo decirles