Huyó Embarazada al Bosque y Encontró un Secreto Sangriento

se reventó. Las pocas cosas que cargaba rodaron hacia una zanja. La foto de su madre cayó en el agua café y se deshizo entre sus dedos.

Lía se quedó de rodillas, con la lluvia pegándole en la nuca.

—Perdóname —dijo.

No sabía si hablaba con su madre o con el hijo que llevaba dentro.

Se levantó porque no tenía otra opción. Cada paso le dolía. Tenía fiebre, la ceja inflamada, un moretón extendiéndose por la mandíbula y hambre suficiente para marearla. A media tarde, cuando la neblina bajó tan espesa que parecía pared, olió café.

No podía ser. En medio del bosque no debía oler a café.

Siguió el aroma hasta un claro pequeño. Allí había una cabaña de vigilancia forestal, vieja pero cuidada, con leña apilada bajo el alero y una antena inclinada hacia el cielo. Una luz amarilla temblaba detrás de la ventana.

Lía se acercó como si la casa pudiera morder. Vio botas con barro fresco, una taza sobre una mesa, una chamarra verde colgada de un clavo. Levantó la mano para tocar.

La puerta se abrió antes.

El hombre que apareció era alto, delgado, de barba gris y ojos claros. No sonrió. Tampoco frunció el ceño. Miró el rostro golpeado de Lía, sus botas demasiado grandes, las manos protegiendo el vientre.

—No vengo a robar —dijo ella.

—Eso ya lo sé —respondió él.

Lía quiso dar un paso atrás. Su cuerpo decidió por ella. Las rodillas se le doblaron y el mundo se apagó.

Cuando despertó, estaba junto a una estufa de leña, cubierta con una cobija gruesa. Había un plato de caldo sobre una silla y una taza de té a un brazo de distancia. El hombre estaba sentado al otro lado del cuarto, lo bastante lejos para no invadirla.

—Come lento —dijo—. Te puedes marear más.

Lía tomó la cuchara con manos temblorosas. El caldo le supo a sal, a humo y a una clase de cuidado que no sabía reconocer.

—Estoy embarazada —dijo de golpe.

—Sí.

—Tengo dieciséis.

—También.

—No voy a volver con ellos.

El hombre apoyó los codos en las rodillas.

—Entonces esta noche no vuelves.

Se llamaba Mateo Roldán. Había sido paramédico y enfermero rural antes de convertirse en guardabosques. Vivía en esa cabaña casi todo el año, cuidando una zona que el gobierno había olvidado y que los talamontes recordaban demasiado bien. No hizo preguntas al principio. Le limpió la ceja con manos firmes, siempre avisando antes de tocarla. Le revisó la fiebre. Le dejó escoger entre dormir en el catre o junto a la estufa.

Lía eligió el suelo junto al fuego.

Esa noche, mientras él guardaba el botiquín, Mateo tosió. Fue una tos seca, profunda, que le dobló el cuerpo. Cuando apartó el pañuelo de la boca, había una mancha roja.

Él intentó esconderla.

Lía ya la había visto.

—Está enfermo —dijo.

—Estoy cansado.

—No soy tonta.

Mateo la miró con algo parecido a respeto.

—No. Eso se nota.

No hablaron más hasta que la radio vieja soltó un chasquido cerca de la medianoche. Una voz distorsionada mencionó a una menor desaparecida. Dieciséis años. Posible robo en domicilio familiar. Responde al nombre de Lía Cárdenas. Tutor reportante: Bruno Salcedo.

El plato se le resbaló de las manos.

—No robé nada.

—Te creo —dijo Mateo.

—No me

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