de distancia. Un mesero fingió acomodar cubiertos. Una pareja joven dejó de hablar. La música siguió, pero sonaba absurda, como si alguien hubiera puesto una canción elegante sobre una humillación.
Miré a Mateo.
Su rostro estaba blanco.
—Mateo —dije apenas.
Él no me escuchó, o decidió no hacerlo. Dejó su servilleta junto al plato y se puso de pie con una calma tan exacta que me dio miedo.
La mesa vecina lo notó. El hombre del reloj sonrió de lado.
—¿Algún problema?
Mateo no respondió. Caminó hasta la mujer arrodillada y se agachó junto a ella.
—Por favor, no recoja más vidrio con la mano —dijo.
Ella levantó la cara.
Sus ojos eran oscuros, cansados y alertas. Tenía esa expresión de las personas que han aprendido a temer cualquier gesto amable porque a veces viene antes de una burla.
—No se preocupe, señor. Ya casi termino.
Mateo extendió la mano.
—Usted no tiene que arrodillarse delante de ellos.
La mesa se tensó.
—Oiga —intervino la mujer plateada—, nadie la obligó. Está haciendo su trabajo.
Mateo se incorporó despacio y por fin la miró.
—Hay formas de hacer un trabajo. Y hay formas de intentar quitarle a alguien la dignidad mientras lo hace.
El hombre del reloj soltó una risa seca.
—Qué dramático. ¿Ahora no se puede hacer un comentario?
Mateo metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó el teléfono. Lo desbloqueó, buscó algo y lo puso sobre la mesa limpia más cercana, mirando hacia ellos.
En la pantalla apareció una fotografía antigua.
Una mujer joven, de delantal blanco, sostenía a un niño delgado con una mochila rota. El niño tenía el cabello oscuro, los ojos enormes y una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.
Yo conocía esa cicatriz. La había besado muchas veces.
El niño era Mateo.
La mujer arrodillada soltó un sonido pequeño, como si le hubieran apretado el corazón.
—Matías —dijo.
Yo sentí que el mundo se movía bajo mis pies.
Matías.
No Mateo.
Mi esposo cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ya no estaba mirando a los arrogantes de la mesa. La miraba a ella.
—Hola, doña Elvira.
Ella llevó una mano a su pecho.
—No puede ser. Yo te busqué.
—Lo sé.
—Fui al albergue tres veces. Me dijeron que te habían llevado con una familia. Me dijeron que estabas bien.
—Me cambiaron el nombre cuando me adoptaron —respondió él—. Después crecí, estudié, trabajé. Pero nunca olvidé quién me compró mis primeros zapatos nuevos.
Los ojos de doña Elvira se llenaron de lágrimas. No lloró como en las películas, con sollozos perfectos. Lloró sin ruido, apretando los labios, como alguien que no quiere molestar ni siquiera cuando el dolor le pertenece.
Yo me acerqué, incapaz de quedarme sentada.
—Mateo…
Él me miró y vi en sus ojos una disculpa anticipada. No por lo que estaba haciendo, sino por todo lo que no me había contado.
—Cuando tenía nueve años —dijo al salón, aunque hablaba para los cuatro de la mesa—, dormí tres noches en la cocina de un mercado. Mi padrastro me había dejado en la calle después de romperme la mochila y quitarme los papeles. Doña Elvira vendía comida ahí. Me escondió detrás de unos costales de arroz para que no me llevaran unos hombres que rondaban la