sin mí.
—Acaba de existir.
Julián se volvió hacia Marina.
—Ella está detrás de esto.
Elisa abrió una carpeta.
—La señora Salcedo informó de irregularidades. Los bloqueos fueron ordenados después de que nuestro equipo verificó movimientos bancarios, proveedores ficticios y firmas electrónicas utilizadas desde su oficina.
—Marina administraba las cuentas.
—Perdió el acceso cuatro meses antes de las operaciones investigadas.
Renata comenzó a alejarse.
El investigador la detuvo con una pregunta.
—¿Conoce una cuenta de inversión abierta a nombre de Alma Ferrer Salcedo?
Marina sintió que la mano de su hija se volvía rígida.
—Alma tiene ocho años —dijo.
—La cuenta fue creada con copias de su acta de nacimiento y pasaporte. Recibió transferencias procedentes de tres proveedores de la empresa.
Por primera vez, Julián pareció verdaderamente asustado.
—Era un fondo para su futuro.
Elisa negó con la cabeza.
—Un fondo infantil no suele recibir pagos de compañías sin empleados ni retirar dinero para comprar un departamento.
Renata miró a Julián.
—Me dijiste que Marina había autorizado la cuenta.
—Cállate.
—Me mostraste una firma.
—He dicho que te calles.
Beatriz sujetó a su hijo del brazo.
—No respondas nada más sin un abogado.
El investigador sacó una autorización bancaria.
—La última transferencia se realizó anoche desde una cuenta personal de la señora Beatriz Ferrer.
El silencio fue absoluto.
La botella resbaló de los dedos de Beatriz y golpeó el pavimento sin romperse. El líquido se extendió bajo la camioneta como una celebración derramada.
Marina no se quedó a escuchar las excusas.
Llevó a Alma al pequeño apartamento que una amiga les había prestado. Solo tenía una cama, un sofá y una mesa plegable junto a la ventana. Aquella noche cenaron pan con queso porque Marina no encontraba los platos dentro de las cajas.
Alma permaneció callada hasta que llegó la hora de dormir.
—¿Hice algo malo? —preguntó.
—No.
—El señor dijo que había una cuenta con mi nombre.
Marina se sentó a su lado.
—Alguien usó tu nombre sin permiso. Eso no significa que tú hicieras nada.
—¿Papá lo hizo?
Marina respiró antes de responder.
—Hay personas averiguándolo.
No convirtió a Julián en un monstruo frente a su hija. Tampoco volvió a protegerlo con mentiras.
Las semanas siguientes fueron más difíciles de lo que había imaginado. El bloqueo de las cuentas paralizó parte de la compañía. Varios conductores dejaron de recibir su salario. Los clientes suspendieron rutas y la familia Ferrer culpó públicamente a Marina de destruir una empresa que alimentaba a decenas de familias.
Algunas personas les creyeron.
Marina buscó trabajo, pero dos compañías cancelaron sus entrevistas después de hablar con Julián. Vendió una pulsera que había pertenecido a su madre para pagar el depósito de un apartamento más pequeño. Aprendió a contar cada moneda sin permitir que Alma viera el miedo.
Entonces comenzaron a llamar los antiguos empleados.
Saúl, jefe de conductores, llevó registros de jornadas que nunca fueron pagadas. Teresa, responsable de refrigeración, conservaba mensajes donde Renata ordenaba alterar temperaturas para justificar reparaciones inexistentes. Mauricio, el contador que había llamado a Julián el día del divorcio, entregó copias de transferencias que le habían obligado a procesar.
—Debí hablar antes —admitió.
—Sí —respondió Marina—. Pero todavía puedes decir la verdad.
El dato decisivo apareció en el cuaderno azul.
Renata pidió reunirse con Marina en una cafetería cercana al