no volver temprano.
No era que hubiera dejado de amarla.
Era peor.
La amaba y aun así no sabía quedarme frente a su dolor.
Las discusiones nunca fueron grandes escenas. No hubo platos rotos ni gritos que despertaran a los vecinos. Fueron frases cortas, cansadas, dichas en la cocina, al borde de la cama, dentro del coche.
—Ya no me miras —me dijo una noche.
Yo estaba quitándome el reloj.
—Estoy cansado, Lucía.
—Yo también. Pero yo sigo aquí.
No respondí.
Aquella fue nuestra tragedia: ella seguía ahí, y yo me iba sin salir de la casa.
En abril, después de una discusión absurda por un cargo duplicado en la tarjeta, dije la frase que había estado rondando mi cabeza como una amenaza.
—Tal vez deberíamos separarnos.
Lucía se quedó parada junto al fregadero. Tenía las manos mojadas y una gota le bajaba por la muñeca.
—¿Ya decidiste vivir sin mí, Mateo?
La pregunta era tan simple que no pude disfrazarla con excusas.
Bajé la mirada.
—Creo que sí.
Ella no lloró. No gritó. No me preguntó si había alguien más. Solo se quitó el anillo, lo dejó sobre la mesa y dijo:
—Entonces no me pidas que te convenza de quedarte.
Esa noche durmió en el cuarto de visitas. Al día siguiente fue a trabajar como si nada. Una semana después, empezó el trámite.
El divorcio fue rápido, casi limpio. Demasiado limpio. Firmamos papeles en una oficina fría donde el abogado hablaba de bienes, cuentas y acuerdos como si estuviera ordenando cajones. Lucía llevaba un vestido azul marino y el cabello recogido. Yo recuerdo haber pensado que se veía más delgada, pero no dije nada.
Siempre no decía nada.
Después me mudé a un departamento en el piso nueve de un edificio sin alma. Compré platos para una persona, una sartén pequeña y cortinas que nunca colgué. Llené la heladera con comida preparada. En la noche, encendía la televisión solo para no escuchar el silencio.
Me repetía que había sido lo correcto.
Que dos personas rotas no pueden salvarse entre sí.
Que era mejor terminar antes de destruirnos.
Era una mentira cómoda, y yo la usaba como cobija.
Hasta aquel martes en el Hospital San Gabriel.
Yo había ido por mi madre. Tenía problemas de presión y el cardiólogo le había pedido estudios. Mi hermana no podía recogerlos, así que fui durante la hora de comida. El hospital olía a cloro, café viejo y miedo contenido. Subí al segundo piso buscando laboratorio, me equivoqué de pasillo y terminé frente a oncología.
Fue ahí donde la vi.
Lucía.
Sola.
Nadie la acompañaba. Nadie le sostenía la mano. Los médicos pasaban con prisa. Una señora lloraba en silencio frente al elevador. Un niño con cubrebocas caminaba abrazado a un peluche.
Y mi exesposa estaba sentada en una esquina, mirando el piso como si intentara desaparecer.
—Lucía…
Su nombre me salió quebrado.
Ella alzó la cabeza.
Por un segundo, vi miedo en su cara. No sorpresa. Miedo.
—Mateo.
Me acerqué despacio. Mis manos empezaron a temblar.
—¿Qué haces aquí? ¿Qué te pasó?
Lucía miró hacia una puerta cerrada al final del pasillo.
—Nada. Revisiones.
Su voz era apenas un hilo.
Me senté a su lado, dejando la carpeta de mi madre sobre las piernas. Quise tocarle la mano, pero me detuve a