Dos meses después de firmar el divorcio, encontré a mi exesposa sola en un pasillo de oncología, y cuando ella levantó la vista, supe que había huido de una vida que todavía me necesitaba.
Lucía estaba sentada junto a una máquina de café apagada, envuelta en una manta gris. La bata del hospital le quedaba grande, como si alguien la hubiera colocado dentro de una ropa que no pertenecía a su cuerpo. Llevaba un pañuelo color crema cubriéndole la cabeza y tenía los labios resecos, casi blancos.
Yo me detuve a medio pasillo con una carpeta de estudios de mi madre bajo el brazo.
Durante un instante pensé que me estaba equivocando. Que era otra mujer. Que mi culpa me estaba jugando una mala broma.
Pero entonces vi la pequeña cicatriz junto a su ceja izquierda, la que se hizo una Navidad al resbalar en la cocina mientras preparaba buñuelos. Vi la manera en que apretaba la manta entre los dedos, igual que apretaba las servilletas cuando estaba nerviosa.
Era ella.
Lucía Herrera.
Mi exesposa.
La mujer a la que yo había dejado apenas ocho semanas antes.
Me llamo Mateo Robles. Tenía treinta y seis años cuando todo esto ocurrió, aunque aquel día sentí que envejecí diez de golpe. Trabajaba en una constructora en Monterrey, revisando planos, calculando presupuestos, resolviendo problemas de otros edificios mientras mi propia casa se venía abajo sin que yo hiciera nada por sostenerla.
Lucía y yo estuvimos casados seis años.
Nos conocimos en una papelería, una tarde de lluvia. Yo buscaba carpetas para una presentación y ella compraba cartulinas para sus alumnos. Me acuerdo de que se le cayó una bolsa de plumones y yo me agaché a ayudarla. Ella se rió porque uno de los plumones rodó hasta la entrada, como si quisiera escaparse.
—A ese también le da miedo el lunes —dijo.
Me enamoré de esa risa antes de saber su apellido.
Lucía era maestra de primaria. No era de esas personas que entran a un lugar haciendo ruido, pero todos terminaban notándola. Tenía una calma que no era debilidad, una ternura que no pedía permiso. Preparaba café demasiado cargado, dejaba notas en el refrigerador y guardaba en una caja los dibujos que le regalaban sus alumnos.
Cuando nos casamos, alquilamos una casa pequeña con paredes amarillas y un patio donde ella insistió en plantar lavanda. Decía que algún día nuestros hijos iban a crecer oliendo flores, no gasolina de avenida.
Queríamos una familia.
Queríamos domingos con juguetes tirados en la sala, desayunos lentos, cumpleaños con globos pegados al techo.
Durante los primeros años, esa esperanza nos mantuvo de pie. Luego vinieron las citas, los análisis, los tratamientos, las llamadas del laboratorio. Vinieron meses de ilusión seguidos por baños silenciosos donde Lucía se encerraba con la regadera abierta para que yo no escuchara su llanto.
La primera pérdida nos dejó inmóviles. La segunda nos hizo hablar menos. La tercera, que fue tan breve que casi no alcanzamos a pronunciar la palabra embarazo, abrió una grieta que ninguno supo cerrar.
Lucía comenzó a apagarse.
Yo también, pero de otra manera.
Ella se volvía más silenciosa. Dejaba platos sin tocar. Miraba cunas en internet y cerraba la computadora cuando yo entraba. Yo me quedaba más horas en la oficina, aceptaba juntas innecesarias, inventaba pendientes para