El viudo sonrió en el funeral hasta que leyeron el primer nombre

Cuando cerraron la tapa del ataúd por unos segundos para acomodar el velo, sentí que el aire de la capilla se me iba con ella.

Mi hija no debía estar ahí.

Luciana tenía treinta y dos años, un embarazo de siete meses y la costumbre de poner una mano sobre su vientre cada vez que se reía, como si quisiera envolver a su bebé en esa alegría.

Hablaba con esa niña incluso cuando nadie la escuchaba.

Le leía recetas, le cantaba mientras lavaba platos, le contaba qué color iba a pintar la habitación.

Ahora yacía inmóvil dentro de un féretro de madera oscura, con el rostro maquillado para borrar la violencia del final y las manos cruzadas sobre el vientre vacío que días antes había sido una promesa.

La llamaban tragedia.

Yo todavía no podía llamarlo así.

Una tragedia es un rayo, un azar, una curva sin culpa.

Lo de Luciana olía a mentira desde la primera hora.

Aun así, me mantuve erguida junto a la primera fila, recibiendo abrazos, oyendo frases hechas, agradeciendo coronas que jamás iba a recordar.

La capilla de San Jerónimo estaba llena.

Empresarios, conocidos del barrio, amigas del colegio, socios de la constructora de Raúl, periodistas esperando afuera por una foto del viudo ejemplar.

Vi entrar a varias personas con los ojos húmedos.

Y luego lo vi entrar a él.

Raúl Santillán atravesó el pasillo central con un traje negro impecable y una expresión que intentaba parecer devastada, pero no le alcanzaba.

En su boca seguía viva una sombra de satisfacción, algo apenas visible para cualquiera que no lo conociera bien.

Yo sí la conocía.

Era la misma comisura arrogante que mostraba cuando cerraba un negocio, cuando humillaba a un empleado, cuando Luciana le preguntaba por sus ausencias y él le respondía con paciencia falsa, como si estuviera tolerando una paranoia infantil.

Del brazo llevaba a Vanesa Quiroga.

No como una colega que fue a acompañarlo.

No como una amiga prudente que se mantiene a distancia.

Del brazo.

Ella avanzó sin bajar la mirada, con un vestido negro ajustado, un collar discreto, el cabello perfectamente recogido.

Su elegancia era una provocación.

El sonido seco de sus tacones sobre el piso de piedra pareció una insolencia dentro del silencio de la iglesia.

Varias cabezas se volvieron.

El murmullo empezó de inmediato.

Raúl fingió no notarlo.

Vanesa tampoco.

Se detuvieron a pocos metros de mí.

Ella ni siquiera se dignó mirar el ataúd primero.

Me observó a mí, como si quisiera medir cuánto podía soportar una madre de pie frente al cuerpo de su hija.

Luego se inclinó apenas.

Su perfume era dulce, invasivo, insoportable.

“Supongo que al final la que se queda con todo soy yo”, murmuró.

No levantó la voz.

No hacía falta.

Sus palabras me entraron como una cuchilla fina por debajo de las costillas.

La miré fijo.

Tenía la cara serena de las personas que se sienten intocables.

Durante un segundo quise tomarla del cuello.

Quise arrastrarla fuera de la capilla, estrellarla contra la puerta, obligarla a repetir esa frase delante de todos.

Pero entonces vi a Luciana en el féretro.

Y me acordé de la última vez que la escuché hablar con claridad.

Había sido tres días antes de morir.

“Mamá”, me dijo por teléfono, en voz baja, como si alguien pudiera

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