que las cadenas le permitieron.
Salomé llegó hasta él y se inclinó hacia su pecho.
Él la abrazó con torpeza, con desesperación, con una ternura tan grande que las esposas sonaron contra la mesa.
—Perdóname —murmuró él junto a su cabello—.
Perdóname por no estar.
Perdóname por no poder protegerte.
Salomé no contestó.
Rodeó el cuello de su padre con los brazos y cerró los ojos.
Por primera vez, su rostro de niña volvió un instante, frágil, cansado, lleno de algo que no era solo tristeza.
Era culpa.
En la sala estaban Méndez, dos guardias, Vargas, Iván y la trabajadora social.
Nadie se movía.
El reloj de pared marcaba las nueve y diecisiete.
Cada segundo parecía caer con un peso distinto.
Entonces Salomé se levantó de puntillas.
Acercó la boca al oído de Ramiro.
Y susurró algo.
Nadie oyó las palabras.
Fueron apenas un soplo.
Pero todos vieron el efecto.
Ramiro se quedó rígido.
Sus brazos aflojaron el abrazo.
El color le abandonó el rostro tan rápido que Iván pensó que se iba a desmayar.
Sus ojos se abrieron de golpe.
Luego empezó a temblar.
—No —dijo Ramiro, casi sin voz—.
No, mi amor.
Dime que no.
Salomé bajó la mirada.
—Es verdad, papá.
Ramiro soltó un sonido que no fue exactamente un llanto ni un grito.
Fue algo más profundo, como si durante cinco años le hubieran hundido una piedra en el pecho y de pronto alguien la hubiera arrancado dejando el hueco abierto.
—¿Lo viste? —preguntó él—.
¿Tú lo viste?
Ella asintió.
Ramiro se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás con un golpe metálico.
Los guardias avanzaron de inmediato.
Vargas fue el primero en moverse.
—¡Siéntate, Fuentes!
Pero Ramiro no intentaba huir.
Ni siquiera miró la puerta.
Miraba a Méndez con los ojos desorbitados, empapados de lágrimas.
—¡Soy inocente! —gritó—.
¡Se lo dije a todos! ¡Ella lo vio! ¡Mi hija lo vio!
La sala explotó en movimiento.
Iván sujetó la cadena de Ramiro.
La trabajadora social quiso apartar a Salomé.
Vargas se acercó con la mandíbula apretada y una furia extraña en los ojos.
—Basta de teatro —dijo—.
Saquen a la niña.
Salomé se soltó de la trabajadora social y volvió junto a su padre.
Se pegó a él con ambos brazos.
—No —dijo.
Su voz era pequeña, pero el silencio que siguió fue enorme.
Méndez se levantó lentamente de su silla.
—¿Qué le dijiste a tu padre?
Salomé giró el rostro hacia el coronel.
Luego miró a los guardias.
Luego a Vargas.
Y algo en su expresión cambió.
La niña asustada seguía allí, pero encima de ella apareció otra cosa: una determinación triste, temblorosa, nacida de años de miedo.
—Le dije que yo vi quién mató a mi mamá —respondió.
Ramiro se cubrió la boca con las manos encadenadas.
Méndez sintió cómo el aire se volvía pesado.
—Salomé —dijo con cuidado—, necesito que me digas exactamente qué recuerdas.
Vargas dio un paso adelante.
—Coronel, no podemos permitir que una menor traumatizada invente historias el día de una ejecución.
Méndez no apartó los ojos de la niña.
—Yo decido qué podemos permitir.
Salomé tragó saliva.
Sus dedos apretaron la manga de Ramiro.
—Esa noche mi mamá me dijo que me escondiera debajo de la cama —empezó—.
Yo estaba jugando con mi muñeca.
Ella