A las seis en punto de la mañana, cuando el cielo todavía no terminaba de aclarar sobre los muros grises de la prisión de San Jerónimo, la puerta de hierro de la celda 14 raspó el suelo con un sonido largo y enfermo.
Ramiro Fuentes abrió los ojos antes de que los guardias dijeran su nombre.
No había dormido.
Nadie duerme realmente cuando sabe que ese día puede ser el último.
Llevaba cinco años encerrado en aquel agujero de concreto, contando grietas, memorizando pasos, escuchando cadenas arrastrarse por el pasillo y repitiéndose una frase como si fuera una oración: yo no la maté.
Se lo había dicho a policías, abogados, jueces, periodistas y sacerdotes.
Se lo había escrito a su hija en cartas que nunca supo si llegaron.
Se lo había gritado a la noche hasta quedarse sin voz.
Pero la verdad, cuando no tiene dinero ni testigos vivos, suele llegar tarde.
Aquella mañana ya no quedaban recursos legales.
La sentencia había sido confirmada.
La orden estaba firmada.
En unas horas, Ramiro Fuentes, acusado de asesinar a su esposa, Elena, caminaría por el corredor final con las manos atadas y el corazón lleno de una injusticia que nadie quiso mirar de cerca.
El guardia más joven, un muchacho de rostro cansado llamado Iván, no pudo sostenerle la mirada.
Detrás de él estaba Vargas, uno de los custodios más antiguos de la prisión, ancho de hombros, bigote gris y una sonrisa torcida que siempre parecía estar celebrando el dolor ajeno.
—Arriba, Fuentes —dijo Vargas—.
Llegó el día.
Ramiro se incorporó despacio.
Tenía la barba crecida, los labios partidos y las muñecas marcadas por años de esposas demasiado apretadas.
Se quedó sentado al borde de la litera, mirando el suelo, como si necesitara juntar los pedazos de sí mismo antes de hablar.
—Quiero ver a mi hija —dijo al fin.
Iván levantó la cabeza.
Vargas soltó una risa seca, sin alegría.
—Los condenados no piden favores.
—No es un favor para mí —respondió Ramiro, tragando saliva—.
Es para ella.
Se llama Salomé.
Tiene ocho años.
No la abrazo desde hace tres.
Solo quiero despedirme.
Vargas se acercó a los barrotes y lo miró con desprecio.
—Debiste pensar en eso antes de llenar de sangre tu casa.
Ramiro cerró los ojos.
Había escuchado esa frase de muchas formas, en muchas bocas, durante mucho tiempo.
Pero esa mañana no tenía fuerzas para pelear con un hombre que disfrutaba pisando heridas.
—Yo no maté a Elena —susurró—.
Y usted lo sabe tan poco como todos los demás.
El guardia joven se tensó.
Vargas no respondió de inmediato.
Solo lo miró durante un segundo demasiado largo, con una dureza que no era simple desprecio.
Era algo más antiguo.
Algo escondido.
La petición de Ramiro subió por la cadena de mando como suben las cosas incómodas: de mala gana, con sellos, llamadas cortas y silencios pesados.
Nadie quería hacerse responsable de concederle una última visita a un hombre condenado por un crimen tan brutal.
Nadie quería parecer débil.
Pero al final, el expediente terminó sobre el escritorio del coronel Arturo Méndez, director de la prisión.
Méndez tenía sesenta y dos años y casi treinta trabajando entre muros, barrotes y hombres que fingían no tener miedo hasta el último minuto.
Había visto culpables llorar por sus madres.
Había