médicos, no debería estar hablando conmigo. Pero está aquí.
Clare trató de tragar saliva.
—¿Cuánto tiempo?
—Dieciocho horas. La mantuvimos sedada mientras evaluábamos sus lesiones. Tiene una fractura de pelvis, tres costillas rotas, contusiones severas y pérdida considerable de sangre. Pero el latido fetal se ha mantenido estable. Su bebé no muestra daño evidente, aunque seguiremos vigilándola muy de cerca.
Clare cerró los ojos.
Dieciocho horas.
Navidad ya casi habría terminado.
La gente habría abierto regalos, habría tomado chocolate caliente, habría llamado a sus familias. Y ella había pasado la Navidad entre luces quirúrgicas y tubos, después de que su esposo intentara convertirla en una mancha sobre el pavimento.
—Derek —susurró.
La doctora Reynolds inclinó la cabeza.
—¿Qué recuerda?
Antes de que Clare pudiera responder, alguien llamó a la puerta.
Una mujer con blazer oscuro entró con una libreta en la mano. Tenía el cabello corto, mirada directa y esa quietud de las personas acostumbradas a escuchar mentiras.
—Señora Hoffman, soy la detective Ruth Campbell.
La doctora dio un paso al frente.
—Detective, acaba de despertar.
—Lo entiendo —respondió Campbell—, pero tenemos una escena, un testigo parcial, un esposo desaparecido y una víctima que puede estar en peligro todavía.
Clare abrió los ojos.
—No fue un accidente.
Las dos mujeres la miraron.
La detective se acercó despacio.
—¿Quién la empujó?
Clare sintió que el nombre le raspaba por dentro.
—Mi esposo.
La enfermera dejó escapar una respiración temblorosa.
La doctora Reynolds bajó la mirada un instante.
La detective no se sorprendió. Solo escribió.
—¿Derek Hoffman?
Clare asintió apenas.
—Él me empujó.
Decirlo en voz alta hizo que el balcón regresara completo.
La mañana había empezado casi normal. Clare se había levantado antes que Derek para preparar café descafeinado y revisar el horno. Había envuelto un pequeño par de calcetines rosados para ponerlos bajo el árbol como broma privada. Aún faltaban dos meses para conocer a su hija, pero Clare ya la sentía ocupando cada rincón de su vida.
Derek apareció en la cocina sin desearle feliz Navidad.
Eso fue lo primero extraño.
No el silencio. Derek había sido silencioso muchas veces durante los últimos meses. Lo extraño fue su cara. Tenía una serenidad vacía, como si hubiera tomado una decisión y ya no necesitara fingir amor.
—¿Dormiste bien? —preguntó Clare.
Él se quedó mirándola.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
Clare dejó la taza sobre la encimera.
—¿Decirte qué?
Derek sonrió, pero no era una sonrisa humana.
—No hagas eso. No hoy.
El conflicto había crecido como fuego en una casa cerrada. Primero fue una carta vieja que Derek encontró en una caja. Luego, preguntas sobre fechas. Después, miradas hacia su vientre como si no fuera un bebé, sino una prueba.
La carta era de Elliot Vance.
El nombre aún tenía peso.
Elliot había sido el amor que Clare dejó antes de casarse con Derek. Era brillante, rico, impaciente con el mundo y demasiado acostumbrado a ganar. Clare lo había amado en una época en que la vida parecía cinematográfica y peligrosa. Pero amar a Elliot también significaba vivir bajo una sombra inmensa. Sus negocios, sus viajes, sus silencios y su forma de desaparecer sin explicar nada terminaron por romperla.
Derek llegó después.
Derek era diferente, o eso creyó ella.
Era cálido al principio. Atento. Puntual. Un hombre que recordaba citas médicas, que