golpeó con algo.
Pero Noah solo tenía dos meses. No caminaba. No gateaba. Apenas podía sostener su cabecita.
Quizá fue el pañal demasiado ajustado.
No. Un pañal no deja marcas como dedos.
Quizá Daniel o Megan lo sujetaron sin darse cuenta.
Ese pensamiento fue el que más me dolió.
No quería sospechar de mi hijo. No quería mirar a mi nuera con miedo. No quería aceptar que en la casa donde mi nieto debía estar más protegido había ocurrido algo que su piel ahora estaba denunciando.
Noah volvió a llorar. Ese sonido me arrancó de la parálisis.
Lo levanté, lo envolví en una manta y tomé mi bolso. No busqué el teléfono para llamar a Daniel. No esperé a que volvieran. No intenté convencerme de que quizá exageraba.
Una abuela puede dudar de muchas cosas.
Pero no de un bebé que llora así.
Corrí al auto con Noah en brazos. Lo acomodé en su asiento, aseguré las correas con manos temblorosas y me senté al volante. Antes de encender el motor, miré por el espejo retrovisor. Su carita estaba roja, húmeda de lágrimas, pero sus ojos empezaban a cerrarse de puro agotamiento.
Eso me asustó todavía más.
Conduje directo al hospital.
Durante el camino, rezaba en silencio. No con palabras ordenadas, sino con frases rotas que apenas podían sostenerse en mi mente.
Por favor, que no sea nada.
Por favor, que esté bien.
Por favor, que yo esté equivocada.
Pero debajo de esas súplicas había una pregunta que me daba miedo formular.
¿Quién estuvo con Noah antes de que me lo dejaran?
Al llegar a urgencias, entré casi corriendo.
—Necesito ayuda —dije a una enfermera—. Mi nieto tiene dos meses. No deja de llorar. Encontré una marca en su abdomen.
La enfermera miró mi rostro y luego miró al bebé. No perdió tiempo. Nos llevó a una sala pequeña y llamó a un médico.
Me pidieron que desvistiera a Noah hasta el pañal. El médico examinó la marca sin hacer comentarios al principio. Esa fue la peor parte. Su silencio. La forma en que sus ojos se quedaron fijos en el moretón por unos segundos de más.
—¿Cuándo notó esto? —preguntó finalmente.
—Hace unos minutos. Mis hijos lo dejaron conmigo. Empezó a llorar y no podía calmarlo. Revisé el pañal y lo vi.
—¿Ha vomitado? ¿Ha tenido fiebre? ¿Se ha caído?
—No. Al menos no conmigo. Yo solo lo tuve unos minutos antes de venir.
El médico asintió y llamó a otra enfermera. Empezaron a tomar signos, a revisar su respiración, su abdomen, sus piernas, su espalda. Cada vez que tocaban cerca de la marca, Noah se quejaba con un sonido débil que me partía el alma.
—Vamos a hacer estudios —dijo el médico—. Necesitamos descartar lesiones internas.
Me senté en una silla junto a la camilla. Sentí que mis piernas ya no me sostenían. Por primera vez desde que salí de casa, saqué el teléfono.
Tenía llamadas perdidas de Daniel.
Antes de que pudiera devolverle la llamada, el teléfono volvió a sonar.
Contesté.
—Mamá, ¿dónde estás? Ya volvimos y no estás en casa.
Cerré los ojos.
—Estoy en el hospital con Noah.
Hubo un silencio.
—¿Qué? ¿Qué pasó?
—No dejaba de llorar. Le encontré un moretón en el abdomen.
La respiración de Daniel cambió.
—¿Un moretón?
—Parece una marca