Quería que cada palabra cayera en el lugar exacto.
A las nueve y cuarto, cuando recogieron los platos y aún quedaban restos de pastel en algunas servilletas, me puse de pie.
—Antes de terminar la noche —dije—, preparé una sorpresa para Esteban.
Varias personas sonrieron. Él alzó una ceja, divertido.
—¿Ves? —murmuró para que solo yo escuchara—. Sabía que al final ibas a ponerte razonable.
Fui hasta la consola del proyector y bajé la intensidad de las luces.
La pared blanca de la sala se encendió.
El primer clip mostró mi cocina vacía. Solo eso. Una hora en la esquina superior. Jueves, 7:12 p. m.
Algunos invitados se inclinaron hacia adelante, confusos.
Entonces entró Camila, usando mi bata blanca.
El silencio fue inmediato.
Segundos después apareció Esteban. La abrazó por detrás y le besó el cuello.
La copa de la señora Inés se resbaló de su mano y estalló contra el suelo.
—¿Qué es esto? —susurró alguien.
Pero yo no respondí.
Dejé correr el audio.
—¿Y si tu esposa sospecha? —preguntó Camila riéndose.
—No sospecha nada —respondió Esteban—. Y aunque sospechara, en una semana todo esto va a estar libre.
Ahí él se levantó de golpe.
—Apaga eso, Valeria.
Su voz ya no sonaba elegante. Sonaba asustada.
—Siéntate —dijo don Ernesto con una dureza que heló el aire.
Esteban dudó.
Yo pasé al siguiente clip.
Ahora estaban en el estudio. Camila sobre el escritorio. Esteban con la carpeta azul.
—Después del aniversario la hacemos quedar como inestable —dijo él con una claridad imposible de discutir—. Mi tío ya habló con el abogado. Una mujer ansiosa y medicada no pelea nada.
La señora Inés soltó un sollozo seco.
La abuela Aurora cerró los ojos.
Uno de los hermanos de Esteban se puso de pie y lo miró como si no reconociera a la persona con la que creció.
Camila se volvió hacia mí, pálida.
—Valeria, no es lo que parece.
La frase fue tan absurda que varias personas la miraron con una mezcla de incredulidad y repugnancia.
—Todavía no termina —dije.
Reproduje un tercer clip, uno que yo misma encontré por accidente mientras revisaba todo el material. La cámara del estudio había captado la noche en que el tío de Esteban, Rogelio Salvatierra, entró a la casa por la puerta lateral usando sus propias llaves. No sabía que había una cámara oculta. Se sentó con Esteban y revisó documentos.
—Si ella se pone difícil —decía Rogelio—, la internamos dos semanas en una clínica privada. Con los contactos adecuados, nadie pregunta demasiado. Tú firmas mientras tanto. La empresa queda limpia y luego ya vemos qué porcentaje le toca a Camila.
No sé si el silencio que siguió fue humano o si se parecía más al vacío.
Don Ernesto se dejó caer en el sillón como si le hubieran quitado fuerza de los huesos.
—Rogelio… —murmuró la señora Inés, horrorizada.
Uno de los primos sacó el teléfono, quizá por reflejo, quizá para llamar a alguien. Esteban se abalanzó sobre la consola, pero su hermano mayor lo sujetó por el brazo.
—Ni te acerques —le dijo—. Ni la toques.
Camila empezó a llorar.
—Yo no sabía que iban a hacer eso, te lo juro —dijo, y por fin sonó joven, pequeña, derrotada.
La miré durante varios segundos. Me dolía el pecho de una forma