le sostenía la barbilla.
Una mano con uñas rojas acercaba un vaso a su boca.
“No quiero más”, murmuraba él.
“Claro que quieres”, respondía la voz de Renata.
“Quieres descansar.
Quieres dejar de hacerte daño.
¿Verdad, amor?”
Él intentaba apartarse, pero estaba atado a una silla por las muñecas con vendas médicas.
La imagen era inestable, como grabada desde algún rincón escondido.
El tercer video era más corto.
Solo se veía una mesa con documentos.
Un abogado leía algo.
Julián, con mirada perdida, firmaba.
Renata estaba detrás, una mano en su hombro.
No sonreía.
Vigilaba.
Apagué el video antes de que terminara.
Entonces golpearon la puerta.
PUM.
PUM.
PUM.
Miré la hora.
Tres diecisiete de la mañana.
El golpe se repitió, más fuerte.
Los vasos de la cocina vibraron.
Corrí al cuarto de Mateo y lo encontré sentado en la cama, abrazado al osito.
“¿Es papá?”
“No hables”, susurré.
Lo tomé en brazos y caminé hasta la puerta.
No encendí ninguna luz.
Me acerqué a la mirilla.
Del otro lado estaba Ignacio, el antiguo chofer de Julián.
Lo recordaba de los tiempos en que mi suegra aún vivía.
Un hombre discreto, de pocas palabras, que siempre saludaba a Mateo inclinando la cabeza como si el niño fuera alguien importante.
Ahora parecía otro: empapado por la lluvia, con la camisa rasgada en el hombro y una mano presionándose el costado.
“Clara”, dijo mirando directo a la mirilla, como si supiera que yo estaba ahí.
“Abra.
Por favor.
Ella sabe que el paquete llegó”.
No abrí.
“Dígame algo que solo Julián sabría”.
Ignacio cerró los ojos un segundo.
“El niño nació un martes de lluvia.
Julián llegó tarde porque se le ponchó una llanta en Tlalpan.
Usted le aventó una bata del hospital y le dijo que si volvía a desaparecer, Mateo llevaría solo su apellido”.
Mi garganta se cerró.
Abrí con la cadena puesta.
Ignacio metió un sobre por la rendija.
“No me deje entrar si tiene miedo.
Hace bien en tenerlo.
Pero escúcheme.
Van a venir por Mateo mañana”.
Mateo se apretó contra mi pierna.
“¿Quién?”
“Renata.
O Lucía.
Como quiera llamarla”.
Abrí el sobre con manos torpes.
Había fotografías de Julián en una silla, con una pulsera médica en la muñeca.
También un documento con mi nombre completo, mi dirección y una solicitud judicial para evaluar mi capacidad como madre.
Decía que yo sufría episodios de paranoia, que había intentado extorsionar a la familia Salvatierra y que representaba un riesgo emocional para mi hijo.
La firma de un psiquiatra aparecía al final.
No conocía a ese hombre.
“No pueden hacer esto”, dije.
Ignacio soltó una risa seca.
“Ya lo hicieron antes”.
Quise preguntarle mil cosas, pero el ascensor sonó al fondo del pasillo.
Ignacio se puso blanco.
“Clara, no vaya a la policía.
No vaya con ningún abogado de oficio.
La llave que encontró abre un casillero en la central del sur.
Número cuarenta y ocho.
La clave es la fecha de nacimiento de Mateo.
Ahí está la prueba de identidad.
La verdadera”.
“¿La verdadera de quién?”
Ignacio miró al niño.
Antes de responder, la luz del pasillo parpadeó.
Una mujer apareció junto a las escaleras.
Llevaba un impermeable negro, tacones bajos y el cabello recogido sin un solo mechón fuera de lugar.
No venía corriendo.
No parecía preocupada.