recepcionista hizo una pausa.
Esa pausa le confirmó que había usado las palabras correctas.
—Tenemos un espacio mañana a las nueve.
—Estaré allí.
Programó dos consultas más. No porque dudara, sino porque entendía el valor de cerrar puertas antes de que Derek pudiera entrar por ellas.
Después regresó al hilo de mensajes.
Sus dedos quedaron suspendidos sobre la pantalla.
Pudo haber escrito muchas cosas.
¿Cómo pudiste?
¿Quién es ella?
¿Desde cuándo?
¿Nada de esto te importó?
Pero todas esas preguntas le daban a Derek algo que él quería: el papel de narrador. La posibilidad de explicar, manipular, negar, suavizar, convertir su crueldad en una conversación sobre sus sentimientos.
Naomi no le regalaría ese escenario.
Escribió tres palabras.
Contacta a mi abogado.
Presionó enviar.
Luego bloqueó su número en su teléfono personal y lo dejó activo solo en el dispositivo de trabajo, donde cada comunicación podía guardarse de forma limpia.
A las 5:30, Patricia tocó la puerta.
—¿Señora Bennett? Ya me voy. ¿Necesita algo?
Naomi levantó la vista.
—Sí. Mañana, antes de las ocho, necesito copias impresas de mis bonos de los últimos cinco años y de todos los contratos importantes donde aparezca mi nombre como responsable principal.
Patricia no preguntó por qué.
—Lo tendrá.
—Y Patricia.
—¿Sí?
—Si Derek Bennett llama a esta oficina, no lo pases.
La expresión de Patricia cambió apenas, lo suficiente para que Naomi supiera que entendía más de lo que decía.
—Por supuesto, señora Bennett.
Naomi salió del edificio cuando el cielo ya estaba oscuro. Condujo a Arlington sin música. No quería ruido que imitara emociones. Quería silencio para pensar.
Al llegar a la casa, vio algo que no encajaba.
La luz de la cocina estaba encendida.
Derek había dicho que estaría en casa de su hermano. Su coche no estaba en la entrada, pero la casa no se sentía vacía. Naomi estacionó, apagó el motor y se quedó quieta unos segundos.
Después entró por la puerta lateral.
En el vestíbulo, junto a la escalera, había una caja de archivo abierta.
Dentro estaban sus documentos.
Estados de cuenta antiguos. Copias de transferencias. Papeles de impuestos. Carpetas que ella guardaba en el armario del estudio.
Alguien había estado buscando.
Naomi sacó el teléfono, abrió la cámara y empezó a grabar.
Subió las escaleras despacio.
El dormitorio principal tenía la puerta entreabierta. La empujó con dos dedos.
Derek estaba inclinado sobre su tocador, metiendo documentos en una bolsa de cuero. Se quedó congelado al verla.
—Naomi —dijo—. No deberías estar aquí.
Aquella frase la ayudó más que cualquier disculpa.
No deberías estar aquí.
En su propia casa.
Frente a sus propios documentos.
Naomi mantuvo el teléfono firme.
—Suelta la bolsa.
Derek miró la pantalla y notó que estaba grabando.
Su cara cambió.
Primero sorpresa. Luego irritación. Luego cálculo.
—No hagas esto más feo de lo necesario.
—Tú pediste sin drama.
Él apretó la mandíbula.
—Solo vine por algunas cosas.
Naomi miró el tocador abierto. El cajón de sus joyas estaba revuelto. La caja donde guardaba el broche de su abuela estaba fuera de lugar.
—Mis cosas.
Antes de que Derek pudiera responder, la puerta del baño se abrió.
Una mujer salió envuelta en la bata blanca de Naomi.
Marissa Vale.
Directora financiera de Bennett Consulting.
La mujer que firmaba reportes trimestrales.
La mujer que había acompañado a