decir quién era el padre, veía enemigos por todas partes.
Tomás levantó la carta.
—Aquí dice que tú le insististe para que firmara un poder sobre sus acciones.
—Porque necesitábamos ordenar las empresas.
—También dice que la presionaste para internarse en una clínica.
—Porque no estaba bien.
—Y dice que temía que le quitaras al niño.
Renata dio un paso hacia él.
—Tomás, mírame. Yo te sostuve cuando ella murió. Yo fui la que recogió tus pedazos. ¿Ahora vas a creerle a una muerta que me odiaba y a una empleada que apareció con un bebé conveniente?
Mateo empezó a quejarse otra vez.
No lloró fuerte. Solo hizo un sonido pequeño, incómodo. Clara lo acomodó y sintió debajo de la manta la cadenita tibia contra su piel.
Tomás miró al niño.
—Pongan la grabación.
Renata se quedó inmóvil.
—No.
La palabra fue baja, pero salió demasiado rápido.
Tomás la observó.
—¿Por qué no?
—Porque no voy a permitir que conviertas una cena arruinada en un circo.
—La cena terminó.
—Nuestra vida no.
—Entonces no deberías tener miedo.
Renata apretó los labios.
Tomás conectó la memoria USB a la computadora de la biblioteca. Durante unos segundos solo se escuchó el zumbido del equipo y la respiración de todos. Clara sintió ganas de irse, de sacar a Mateo de ahí, de no estar presente cuando una familia rica se rompiera por dentro. Pero una parte de ella sabía que el bebé necesitaba testigos.
La pantalla mostró un único archivo de video.
Tomás lo abrió.
Lucía apareció sentada en una habitación sencilla, con el rostro pálido y el cabello recogido sin cuidado. Sostenía a un recién nacido envuelto en una manta azul. Su voz sonó baja, cansada, pero clara.
—Tomás, si estás viendo esto, es porque no pude llegar a ti.
Él se cubrió la boca con la mano.
Renata miraba la pantalla como si quisiera romperla con los ojos.
Lucía continuó. Contó que alguien había falsificado documentos para mover acciones de la empresa familiar. Que había recibido amenazas. Que Renata sabía del nacimiento del niño antes que Tomás y había intentado convencerla de entregarlo temporalmente. Que el chofer asignado esa semana no era el de confianza. Que había decidido huir para proteger a su hijo.
Clara escuchó con el estómago cerrado.
Luego vino la parte que cambió todo.
Lucía bajó la mirada hacia el bebé y dijo que, si algo le pasaba, una mujer llamada Elena Torres debía esconder al niño. Elena era una enfermera jubilada, amiga de su madre, que vivía en un edificio viejo cerca del mercado de La Cruz.
Clara sintió un golpe en el pecho.
—Elena… —susurró.
Tomás pausó el video.
—¿La conoce?
A Clara se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no lloró. No todavía.
—Era la señora que me rentaba el cuarto.
El silencio se cerró sobre todos.
—Elena murió hace seis meses —dijo Clara—. Un infarto. Esa misma noche dejaron a Mateo en mi puerta. Pensé que tal vez ella… que tal vez no alcanzó a decirme nada.
Tomás bajó la cabeza.
Las piezas empezaban a entrar en su lugar con un ruido terrible.
Lucía no había muerto con su hijo. Alguien había logrado sacar al bebé antes, esconderlo, moverlo de manos en manos hasta llegar a Clara. Elena, enferma y sola, tal vez