El cartel perdido que le devolvió su nombre

izquierdo.

Me quedé mirándola sin respirar.

Ese lunar era mío.

En la foto, la niña llevaba un suéter verde con botones de madera. Yo no recordaba ese suéter, pero recordaba algo parecido a una canción. Una voz diciendo: Alma, mira el pajarito. Alma, sonríe para mamá.

Leí el nombre con dificultad porque algunas letras estaban manchadas.

Alma Valdés Rojas. Desaparecida el 14 de agosto. Última vez vista en la terminal de San Gabriel.

Había un número de teléfono escrito abajo. También una frase que me golpeó más que el frío: Su familia no ha dejado de buscarla.

Familia.

La palabra parecía imposible. En mi casa, familia significaba callar, obedecer y no ocupar espacio. Pero aquel cartel decía que alguien, en alguna parte, había pegado mi cara en las paredes para que el mundo me devolviera.

Volví al barril y revisé el bolsillo de mi vestido. Había una moneda. Solo una. La guardaba desde hacía semanas, después de encontrarla debajo del asiento de la camioneta de Esteban. Pensaba comprar un pan si alguna vez podía escapar al mercado.

Ahora tenía otro destino.

La cabina telefónica más cercana estaba en la estación vieja. Quedaba a diez cuadras, tal vez más. Caminé sujetando el cartel contra el pecho. La nieve se había endurecido y me cortaba las plantas de los pies. Dos veces caí. Una vez pensé que no podría levantarme. Entonces miré la foto y vi a esa niña con mi cara. No podía abandonarla también.

Llegué a la estación cuando empezaba a oscurecer. La cabina tenía el vidrio roto en una esquina, pero el teléfono seguía colgado. Metí la moneda con los dedos rígidos. Marqué despacio, número por número.

Al tercer timbre, una mujer contestó.

—¿Bueno?

Su voz era adulta, cansada, pero había algo cálido en ella. Yo abrí la boca y no pude hablar.

—¿Quién es? —preguntó.

Respiré. Un sonido débil salió de mi garganta.

Hubo una pausa.

—¿Hola? ¿Estás bien?

Miré el cartel. Miré la foto. Junté todo el valor que me quedaba.

—Creo… creo que soy la niña del papel.

Del otro lado no se oyó nada durante varios segundos. Luego la mujer soltó un llanto tan hondo que yo apreté el auricular con miedo de que se hubiera lastimado.

—Alma —susurró—. Alma, mi vida.

Ese nombre me atravesó.

No era Nina. No era niña. No era inútil.

Alma.

—No cuelgues —dijo la mujer con desesperación—. Soy Teresa. Soy tu mamá. Dime dónde estás.

La palabra mamá hizo que las piernas me fallaran. Me senté en el piso de la cabina, temblando. Yo no sabía si creerle. Las niñas que han vivido con miedo aprenden que las cosas buenas también pueden ser trampas.

—Renata dice que mi mamá murió —murmuré.

Teresa inhaló de golpe.

—Renata… ¿Renata Salcedo?

Yo me quedé helada por dentro.

—¿La conoce?

La voz de Teresa cambió. Ya no era solo dolor. Era una furia contenida, afilada.

—Trabajaba en la terminal el día que desapareciste. Fue la última persona que dijo haberte visto.

Todo empezó a moverse en mi cabeza. Renata nunca me llevaba al centro. Renata se enojaba si alguien preguntaba mi edad. Renata había quemado una caja de papeles detrás del gallinero un verano y me había pegado por acercarme. Esteban me había dicho muchas veces que la curiosidad era una enfermedad.

—Escúchame,

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