El cartel perdido que le devolvió su nombre

de rodillas sobre el hielo. El impacto me arrancó el poco aire que me quedaba. La puerta se cerró con un golpe tan seco que sentí que también cerraba algo dentro de mí. Toqué la madera una vez. Luego otra. Mi voz salió pequeña.

—Por favor.

Nada.

Adentro se escucharon platos. Una silla arrastrándose. La radio murmurando una canción vieja. Renata y Esteban iban a cenar mientras yo temblaba en el escalón.

Permanecí allí quizá diez minutos, quizá una hora. Para una niña congelándose, el tiempo no se mide bien. Lo único claro era la luz tibia que salía por la rendija de la puerta. Esa luz no era para mí.

Entonces comprendí que si me quedaba, no despertaría.

Me levanté como pude y empecé a caminar.

El pueblo estaba vacío. Las farolas parecían lunas enfermas detrás de la nieve. Mis pies se hundían en el hielo y cada paso dolía más que el anterior. La mano quemada palpitaba contra mi pecho. Traté de meterla bajo el vestido, pero la tela rozó la herida y casi me desmayé.

Conocía un lugar donde podía esconderme: el depósito de chatarra junto a las vías abandonadas. Esteban me llevaba a veces para recoger piezas que vendía en el taller. Allí había autos viejos, barriles, láminas de metal y una caseta rota donde el vigilante ya no trabajaba desde hacía meses.

Llegué cuando la noche estaba completamente negra. Me metí entre montones de fierro oxidado y encontré un tambor vacío inclinado contra una pared de ladrillos. Olía a aceite rancio, pero cortaba un poco el viento. Me arrastré dentro, doblé las piernas y apoyé la frente sobre las rodillas.

El primer amanecer lo recuerdo en pedazos. El cielo se volvió gris. Un perro ladró a lo lejos. La mano me ardía tanto que pensé que tenía fuego debajo de la piel. Tenía sed, así que chupé nieve de mis dedos hasta que la lengua se me entumeció.

Esperé a Esteban.

Me dije que vendría cuando Renata se calmara. Me dije que quizá él no había hablado porque tenía miedo. Me dije que ningún padre dejaba a una niña afuera para siempre.

Al mediodía entendí que eso también podía ser mentira.

El segundo día, la fiebre me llenó la cabeza de voces. Oía a Renata llamándome inútil. Oía la radio de la cocina. Oía a una mujer que no conocía cantando una canción suave, muy cerca de mi oído. Cuando abría los ojos, solo veía el interior del barril y un pedazo de cielo blanco.

El tercer día dejé de sentir bien los pies. Eso fue lo que más me asustó. El dolor, al menos, significaba que seguía viva. La ausencia de dolor era como una puerta abriéndose hacia un cuarto oscuro.

Salí del barril arrastrándome. Necesitaba moverme o me quedaría dormida para siempre. Busqué entre la chatarra algo que pudiera cubrirme: un saco, una manta, un pedazo de plástico. Fue entonces cuando vi el papel.

Estaba atrapado debajo de una llanta, empapado por una orilla, endurecido por el frío. Lo jalé con cuidado. Era un cartel viejo, doblado en cuatro, con cinta amarillenta en las esquinas.

Arriba decía: Se busca.

Debajo había una foto de una niña de unos dos años, con el cabello oscuro, la boca seria y un lunar junto al ojo

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