hombro. Cada paso me llenó de una certeza peor. Vi huellas de botas sobre el piso de barro, una extensión eléctrica serpenteando hacia el interior y un montón de escombros junto a las macetas. Una de mis bugambilias estaba partida, doblada sobre sí misma como un animal herido.
Cuando llegué al patio interior, me quedé sin aire.
La pared de mi biblioteca tenía un hueco enorme. Donde antes estaba el librero de nogal, ahora había ladrillos rotos, cables colgando y tiras de aislante. Dos filas del piso habían sido levantadas. Una zanja atravesaba el pasillo hacia el baño de visitas, con un tubo blanco instalado a medias. Mis libros estaban amontonados en cajas abiertas junto al ventanal, cubiertos de polvo gris. Una lámpara que había comprado en Oaxaca yacía de lado, con la pantalla hundida.
Cuatro obreros se quedaron quietos.
También mi familia.
Mi mamá estaba cerca de la mesa con un vaso de café y unos planos doblados bajo el brazo. Mi papá sostenía una cinta métrica y llevaba polvo en los zapatos. Mi hermana Daniela, con pantalón blanco, sandalias nuevas y el cabello perfectamente peinado, estaba parada en medio del desastre con una sonrisa que pretendía ser festiva.
—¿Elisa? —dijo mi mamá.
No sonó culpable. Sonó fastidiada, como si yo hubiera llegado a interrumpir una conversación que no me correspondía.
Daniela fue la primera en recomponerse. Abrió los brazos con una alegría artificial.
—Sorpresa. Estamos aprovechando mejor el espacio.
No entendí las palabras. O tal vez las entendí demasiado bien y mi mente se negó a aceptarlas.
—¿Qué hicieron? —pregunté.
Daniela miró alrededor, orgullosa.
—Voy a vivir aquí. La biblioteca se va a convertir en una suite independiente. Recámara, baño completo, cocineta. Por ese lado va a quedar mi entrada, así no te molesto.
Señaló el hueco en la pared como si estuviera señalando un futuro hermoso.
Mi mamá se acercó con una sonrisa de consuelo.
—Hija, Daniela ya no puede pagar renta. Todo subió. Tú tienes una casa enorme. Era absurdo que ese espacio estuviera lleno de libros cuando tu hermana necesita estabilidad.
—Ese espacio es mi biblioteca.
Mi papá soltó una risa breve, sin humor.
—No seas dramática. Sigues teniendo sala, cocina, recámaras y patio. Nadie te está quitando la casa.
Miré el polvo sobre mis libros. Miré la pared abierta. Miré la cinta métrica en la mano de mi papá.
—Me quitaron la decisión.
Daniela cruzó los brazos.
—Porque si te preguntábamos, ibas a decir que no.
La honestidad de esa frase hizo que hasta uno de los obreros bajara la mirada.
—¿Quién les dio permiso para entrar? —dije—. ¿Quién autorizó una obra dentro de mi propiedad?
Mi mamá endureció la boca.
—No hables como si fuéramos extraños.
—Entraron como extraños.
Uno de los trabajadores, el mayor, levantó la mano con cautela.
—Señora, a nosotros nos dijeron que usted había autorizado todo por mensaje. Tenemos contrato y anticipo.
—Yo soy la dueña —dije.
Los cuatro obreros voltearon hacia Daniela. Ella sostuvo la sonrisa un segundo más, pero la punta de su boca tembló.
—Mamá firmó —dijo—. Para agilizar.
—Mamá no es propietaria.
Mi padre dio un paso al frente.
—Elisa, bájale. Estás cansada del viaje y estás reaccionando mal.
Esa frase, más que la pared destruida, me atravesó. Toda mi vida había escuchado versiones de