Dejó al jefe mafioso y él encontró su secreto

Marcus no levantó la voz.

Eso fue lo que hizo que Vittorio se pusiera rígido.

—¿Dónde está mi esposa?

—Salió hace unos minutos.

—¿Con quién?

—Con un conductor.

Marcus levantó la mirada.

—¿Nuestro conductor?

Vittorio tardó demasiado en contestar.

Marcus dejó la prueba sobre el escritorio como si fuera de cristal.

—¿Nuestro conductor? —repitió.

—No.

La palabra fue una sentencia.

Marcus se movió con una calma aterradora. Tomó su chaqueta, guardó la prueba de embarazo en el bolsillo interior y salió al pasillo.

—Cierra la casa —ordenó.

—Hay invitados.

Marcus bajó la escalera con el rostro completamente blanco.

—Ya no.

En menos de diez minutos, la fiesta terminó. Nadie se atrevió a preguntar demasiado. Los hombres que momentos antes se creían importantes descubrieron que no había trato, deuda ni alianza más urgente que la desaparición de Elena Vale.

Mientras tanto, Elena comenzó a notar que algo iba mal cuando el coche no tomó la salida hacia la autopista.

Se inclinó hacia adelante.

—El aeropuerto queda al sur.

El conductor no respondió.

—Disculpe —insistió—. Está tomando la ruta equivocada.

Las puertas hicieron clic.

Cerradas.

Elena sintió cómo el miedo le subía por la garganta. En un acto instintivo, llevó una mano a su vientre. Era absurdo, lo sabía. El bebé era apenas una promesa microscópica dentro de ella. Pero su cuerpo ya lo protegía como si pudiera cubrirlo con la palma.

—Detenga el auto.

El conductor la miró por el retrovisor.

—No puedo hacer eso, señora Vale.

No llevaba el uniforme de Marcus. No llevaba el pin dorado de la casa. Elena no entendió cómo no lo había visto antes.

Quizá porque estaba demasiado ocupada huyendo.

El coche atravesó calles cada vez más vacías. La nieve caía con más fuerza. Las luces de la ciudad quedaron atrás, reemplazadas por almacenes, puentes industriales y el río oscuro cortando la noche.

—¿Quién lo envió? —preguntó Elena.

El conductor sonrió.

—Alguien que sabe que el señor Vale siempre llega tarde cuando se trata de usted.

Esa frase le dolió más que la amenaza.

Porque era cierta.

El coche se detuvo frente a un almacén abandonado cerca del río. Dos hombres salieron de la sombra. Uno abrió la puerta trasera. Elena intentó resistirse, pero no tenía a dónde ir. Le quitaron el teléfono. Uno de ellos le arrancó el anillo del dedo.

—No —susurró ella.

El hombre lo levantó y lo miró con una sonrisa burlona.

—Esto sí vale algo.

La llevaron adentro.

El lugar olía a humedad, metal viejo y gasolina. Había lámparas colgantes, cajas rotas y una mesa de madera en el centro. Sentaron a Elena en una silla y le ataron las muñecas con cinta plástica.

Entonces apareció Carlo Leoni.

Elena lo reconoció aunque solo lo había visto dos veces, ambas desde lejos. Un hombre delgado, elegante, con una sonrisa demasiado cómoda. Marcus nunca hablaba de él en casa, lo cual bastaba para saber que era peligroso.

—Señora Vale —dijo Leoni—. Qué honor.

—Si cree que Marcus va a darle lo que quiere por mí, no lo conoce tan bien como piensa.

Leoni se rio.

—Al contrario. Lo conozco perfectamente. Marcus Vale puede perder dinero. Puede perder hombres. Puede perder territorios. Pero no soporta que alguien toque algo que cree suyo.

Elena levantó la mirada.

—Yo no soy algo suyo.

Leoni inclinó

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