Cansada firma lo que sea.
Ofelia bajó la cabeza.
Leandro se detuvo.
La humillación era insoportable. Pero esa frase revelaba algo peor. No sólo estaban usando a Ofelia como sirvienta. Estaban intentando arrancarle una firma. Sacó el celular con la mano temblorosa y grabó cuarenta y siete segundos. El tiempo suficiente para registrar el balde, la voz de Bruno y la frase de Mónica. Luego retrocedió en silencio hasta el coche.
Abrió la guantera. Debajo de papeles viejos seguía la carpeta azul de la compra de la mansión. Leandro la tocó con las yemas, respiró hondo y decidió que esa noche no iba a improvisar. La rabia podía darle un minuto de desahogo. La calma podía destruirlos por completo.
Tocó el timbre principal cinco minutos después.
Bruno abrió la puerta y el color se le fue de la cara. Detrás de él se extendía una fiesta perfectamente iluminada: charolas de canapés, música en vivo, una mesa de postres impecable, amigos del club y dos socios de Mónica conversando junto a la barra. Nada en aquella escena hablaba de estrechez económica.
—¿Papá? —balbuceó Bruno.
—Vine por Ofelia —respondió Leandro.
Mónica apareció enseguida, con un vestido verde oscuro y una sonrisa que no le alcanzó los ojos.
—Qué sorpresa. Nos hubieras dicho.
Leandro entró sin pedir permiso. Saludó a un par de invitados, tomó una copa que no probó y observó el salón como si estuviera viendo un edificio ajeno. Bruno quiso inventar algo.
—Mamá está ocupada con los niños.
—No —dijo Leandro—. Tu madre está en el cuarto de lavado. Y se va conmigo.
La frase cayó como vidrio.
Mónica todavía intentó recomponer el cuadro.
—Leandro, creo que estás exagerando. Ella nos ayuda porque quiere.
—Entonces no tendrán problema en que venga a dormir a su casa.
Nadie respiró.
Minutos después, Ofelia apareció por el pasillo de servicio con un suéter viejo encima del delantal. Cuando vio a Leandro, quiso sonreír, pero se le quebró la boca. Él no preguntó nada delante de todos.
—Sube por tus cosas —le dijo—. Te espero en el coche.
Bruno dio un paso, pero Leandro se interpuso.
—Ni un paso más cerca de ella.
No levantó la voz. No hizo falta.
En el auto, cuando dejaron atrás la caseta del fraccionamiento, Ofelia empezó a llorar con un cansancio antiguo. Leandro se estacionó junto a una farmacia abierta y le tomó las manos. Tenía grietas, una quemadura superficial y una vieja marca morada en el antebrazo.
La verdad salió poco a poco, como si cada frase pesara demasiado. Bruno nunca había estado arruinado al punto de pedir refugio. Había perdido dinero en operaciones torpes, sí, pero seguía gastando para sostener una imagen. Mónica se negó a renunciar al ritmo de vida, así que despidieron a la cocinera, a la señora de limpieza y al jardinero. Después convencieron a Ofelia de ir unas semanas. Cuando llegó, le quitaron el cuarto de visitas porque Mónica quería convertirlo en vestidor. La mandaron al cuarto de servicio. Empezó ayudando con los niños. Terminó cocinando, limpiando, lavando, planchando, recogiendo la terraza después de reuniones y levantándose antes que todos.
Lo peor vino con los papeles. Una tarde, Bruno le pidió que firmara unas hojas que, según él, eran para la escuela de los niños y para un seguro médico. Ofelia firmó