sonrisas que nacen en los ojos y otras que nacen en la necesidad. La suya pertenecía al segundo tipo.
—Mamá, justo quería hablar contigo —dijo, colgando las llaves.
Clara apareció enseguida con una carpeta azul.
—Tenemos una idea buenísima —anunció—. Algo para el futuro de todos.
Sentí el golpe de la ironía incluso antes de que pusieran la carpeta sobre la mesa.
Era el folleto de Las Magnolias.
Del mismo fraccionamiento.
De la misma casa.
Tuve que contener la respiración para no sonreír antes de tiempo.
Julián se sentó frente a mí y entrelazó las manos.
—Hemos estado pensando —dijo—. Ya sabes que necesitamos más espacio. Las niñas están creciendo, yo trabajo cada vez más desde casa, y… bueno… todos estaríamos mejor organizados si nos mudáramos.
Todos.
Clara tomó la palabra con suavidad ensayada.
—Hay una oportunidad de preventa muy buena. Si damos un enganche fuerte ahora, la mensualidad quedaría manejable. Pensamos que tal vez podrías ayudarnos con una parte y así también buscamos para ti un lugar cómodo, más a tu medida.
Más a tu medida.
Yo junté las manos sobre el regazo.
—¿Qué clase de lugar?
Julián evitó mis ojos.
—No sé, mamá. Un departamento pequeño. Algo cerca. O incluso una residencia linda, temporal, mientras…
Mientras.
Nunca terminó la frase.
Yo asentí despacio, como si estuviera considerando una propuesta razonable.
—¿Y cuánto necesitan?
Clara abrió la carpeta, emocionada por mi aparente docilidad.
—Con lo que te quedó de la venta de tu casa y unos ahorros, podríamos cerrar el enganche esta misma semana.
Lo dijo con naturalidad.
Como si mis recursos fueran una extensión automática de sus deseos.
Como si ya hubieran decidido por mí sin la molestia de consultarme.
Los dejé hablar. Los dejé desplegar planos. Los dejé describir habitaciones, clósets, acabados, incluso el estudio donde yo “podría pasar algunas tardes con las niñas cuando nos visiten”.
Cuando nos visiten.
O sea: después de sacarme de su vida, todavía esperaban que siguiera disponible.
Alma apareció en la puerta del comedor en ese momento. Traía un cuaderno contra el pecho. Su hermana menor, Sofi, se quedó detrás de ella chupando una pulsera de plástico.
—¿Interrumpimos? —preguntó Alma.
—No, mi amor —dije—. Quédate.
Abrí mi bolso. Saqué la copia de la escritura provisional y la puse sobre la mesa, justo encima del folleto brillante.
Julián frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—Una compra.
Clara se inclinó primero. Leyó la dirección. Reconoció el fraccionamiento. Luego el número de lote. Luego el modelo de casa.
El color le abandonó el rostro.
—No… —susurró.
Julián tomó el documento y leyó más rápido, luego más lento.
—Eso… eso no puede ser.
—Sí puede —respondí.
Su dedo recorrió la línea donde aparecía la beneficiaria del fideicomiso.
Le costó varios segundos procesarlo.
—¿Alma? —dijo por fin, alzando la voz—. ¿La casa está a nombre de Alma?
La niña abrió los ojos, confundida.
Clara se puso de pie de golpe.
—¿Hiciste qué?
Mantuve la espalda recta.
—Compré la casa que ustedes querían. La puse en un fideicomiso para mi nieta mayor. Yo administraré todo hasta que cumpla veintiún años.
—¡Eso no tiene sentido! —exclamó Clara—. ¡Ella es una niña!
—Precisamente.
—Mamá —intervino Julián, ahora sí mirándome como si de pronto me descubriera—, ¿por qué harías algo así sin hablarnos?
Lo miré largo rato.
Quise decirle tantas